El Bhagavad Gita




EPILOGO



Esta experiencia que Krishna revela a Arjuna, tal y como se nos describe en el Gita,
es la experiencia directa de Dios a través del Conocimiento revelado por el Guru a su
discípulo una vez que se ha establecido una relación de amor entre ambos, o mejor que
establecido yo diría re-establecido. Porque el Amor del Señor (manifestado físicamente
como Guru) hacia la especie humana como "sus hijos" es constante incondicional y uni-
versal. Tan sólo es el discípulo quien, reconociendo a su Maestro, reestablece su rela-
ción filial, devolviéndole el amor que incondicional y gratuitamente está recibiendo de
El, aunque a cambio tan sólo reciba indiferencia o incluso ofensas.
Reestablecer este vínculo de amor es cerrar el ciclo que rige la creación entera: el ci-
clo del amor; es dando como se recibe. En su debida estación todos los árboles ofrecen
gratuitamente sus frutos para ser aprovechados por cualquiera o quien quiera, sin pedir a
cambio que los rieguen con agua o que les limpien las ramas o las hojas. o les den calor.
Pero la lluvia, el viento, la tierra y el sol se encargan de eso de acuerdo a la justicia divi-
na.
Y al igual que el árbol surgió de una semilla, éste produce semillas que contienen
sus frutos multiplicando aquella primera, para que regresando a la tierra den vida a nue-
vos árboles, asegurando así la continuidad de este juego: el ciclo del amor. Igualmente
el agua que una vez se evaporó del océano no descansará hasta completar su ciclo, for-
mando primero una nube que un día ha de llover sobre alguna montaña para luego for-
mar arroyos, riachuelos y ríos, que saltando sobre todo tipo de obstáculos se precipitan
inexorablemente hacia el océano; su origen y su meta. Para fundirse y desaparecer en él.
Al igual que una piedra cogida de la tierra y lanzada al espacio, sube separándose de
ella tan sólo para bajar regresando con mayor rapidez. O al igual que el fuego, siempre
dirige su llama al cielo. O al igual que un niño perdido de los brazos de su madre llorará
con ansiedad hasta regresar a ella. Igualmente nuestro espíritu anhela sin sosiego en-
contrar a su dueño, a su Señor.

"¿A dónde iré a parar si renuncio a Tus Pies? ¿Quién en el mun-
do entero puede darme el Nombre que limpia al pecador? ¿A
quién más le son tan queridos los desamparados?"

Tulsidas




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