Julio Cortazar ¾ Bestiario


-- Oíme: decíle a Rema que me haga una limonada bien fresca y me la traiga aquí.
Después subís no más a tu cuarto.
Claro que iba a subir a su cuarto, no veía por qué tenía él que mandárselo. Volvió al
comedor para decirle a rema, vio que vacilaba.
-- No subás todavía. Voy a a hacer la limonada y se la llevás vos misma.
-- El dijo que ...
-- Por favor.
Isabel se sentó al lado de la mesa. Por favor. Había nubes de bichos girando bajo la
lámpara de carburo, se hubiera quedando horas mirando la nada y repitiendo : Por favor,
por favor. Rema, Rema. Cuánto la quería, y esa voz de tristeza sin fondo, sin razón posible,
la voz de la tristeza. Por favor. Rema, Rema... Un calor de fiebre le ganaba la cara, un
deseo de tirarse a los pies de Rema, de dejarse llevar en los brazos por rema, una voluntad
de morirse mirándola y que Rema le tuviera lástima, le pasara finos dedos frescos por el
pelo, por los párádos...
Ahora le alcanzaba una jarra verde llena de limones partidos y hielo.
-- Llevásela...
-- Rema ...
Le pareció que temblaba, que se ponía de espaldas a la mesa para que ella no le
viese los ojos.
-- Ya tiré el mamboretá, Rema.

Se duerme mal con el calor pegajoso y tanto zumbar de mosquitos. Dos veces
estuvo a punto de levantarse, salir al corredor o ir al baño a mojarse las muñecas y la cara.
Pero oía andar a alguien, abajo, alguien se paseaba de un lado al otro del comedor, llegaba
al pie de la escalera, volvía... No eran los pasos oscuros y espaciados de Luis, no era el
andar de rema. Cuánto calor tenía esa noche el Nene, cómo se habría bebido a sorbos la
limonada. Isabel lo veía bebiendo de la jarra, las manos sosteniendo la jarra verde con
rodajas amarillas oscilando en el agua bajo la lámpara ; pero a la vez estaba segura de que
el Nene no había bebido la limonada, que estaba aún mirando la jarra que ella le llevara
hasta le mesa como alguien que mora una perversidad infinita. No quería pensar en la
sonrisa del Nene, su hasta la puerta como para asomarse al comedor, su retorno lento.
-- Ella tenía que traérmela. A vos te dije que subieras a tu cuarto. Y no ocurrírsele
más que una respuesta tan idiota :
-- Está bien fresca, Nene.
Y la jarra verde como el mamboretá.

Nino se levantó el primero y le propuso ir a buscar caracoles al arroyo. Isabel caso
no había dormido, recordaba salones con flores, campanillas, corredores de clínica,
hermanas de caridad, termómetros en bocales con bicloruro, imágenes de primera
comunión, Inés, la bicicleta rota, el tren Mixto, el disfraz de gitana de los ocho años. Entre
todo eso, como delgado aire entre hojas de álbum, se veía despierta , pensando en tantas
cosas que no eran flores, campanillas, corredores de clínica. Se levantó de mala gana, se
lavó duramente las orejas. Nino dijo que eran las diez y que el tire estaba en la sala del
piano, de modo que podía irse en seguida al arroyo. Bajaron juntos, saludando apenas a
Luis y al Nene que leían con las puertas abiertas. Los caracoles quedaban en la costa sobre
los trigales. Nino anduvo quejándose de la distracción de Isabel, la trató de mala compañera



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