Julio Cortazar ¾ Bestiario


peón avisó que el tigre estaba en el jardín de los tréboles, entonces rema tomó a los chicos
de la mano y entraron todos a comer. Esta mañana las papas estuvieron resecas, aunque
solamente el Nene y Nino protestaron.
Vos me dijiste que no debo andar haciendo -- Porque Rema parecía detener, con su
tersa bondad, toda pregunta. Estaba tan bien que no era necesario preocuparse por lo de las
piezas. Una casa grandísima, y en el pero de los casos había que no entrar en una habitación
; nunca más de una, de modo que no importaba. A los dos días Isabel se habituó igual que
Nino. Jugaban de la mañana a la noche en el bosque de sauces, y si no se en el bosque de
sauces le quedaba el jardín de los tréboles, el parque de las hamacas y las costra del arroyo.
En la casa era lo mismo, tenían sus dormitorios, el corredor del medio, la biblioteca de
abajo (salvo un jueves en que no se pudo ir ala biblioteca) y el comedor de cristales. Al
estudio de Luis no iban porque Luis leía todo el tiempo, a veces llamaba a su hijo y le daba
libros con figuras ; pero Nino los sacaba de ahí, se iban a mirarlos al living o al jardín de
enfrente. No entraban nunca en el estudio del Nene porque tenían miedo de sus rabias.
Rema les dijo que era mejor así, se los dijo como advirtiéndoles ; ellos ya sabían leer en sus
silencios.
Al fin y al cabo era un vida triste. Isabel se preguntó una noche por qué los Funes la
habrían invitado a veranear. Le faltó edad para comprender que no era por ella sino por
Nino, un juguete estival para alegrar a Nino. Sólo alcanzaba a advertir la casa triste, que
rema estaba como cansada, que apenas llovía y las cosas tenían, sin embargo, algo de
húmedo y abandonado. Después de unos días se habituó al orden de la casa, a la no difícil
disciplina de aquel verano en Los Horneros. Nino empezaba a comprender el microscopio
que le regalar Luis, pasaron una semana espléndida criando bichos en una batea con agua
estancada y hojas de cala, poniendo gotas en la placa de vidrio para mirar los microbios.
"Son larvas de mosquito, con ese microscopio no van a ver microbios", les decía Luis desde
su sonrisa un poco quemada y lejana. Ellos no podían creer que ese rebullente horror no
fuese un microbio. Rema les trajo un caleidoscopio que guardaba en su armario, pero
siempre les gustó más descubrir microbios y numerarles las patas. Isabel llevaba una libreta
con los apuntes de los experimentos, combinaba la biología con la química y la preparación
de un botiquín. Hicieron el botiquín en el cuarto de Nino, después de requisar la casa para
proveerse de cosas. Isabel se lo dijo a Luis : "Queremos de todo : cosas.". Luis les dio
pastillas de Andréu, algodón rosado, un tubo de ensayo. El Nene, una bolsa de goma y un
frasco de píldoras verdes con la etiqueta raspada. Rema fue a ver el botiquín, leyó el
inventario en la libreta, y les dijo que estaban aprendiendo cosas útiles. A ella o a Nino (que
siempre se excitaba y quería lucirse delante de Rema) se le ocurrió montar un herbario.
Como esta mañana se podía ir al jardín de los tréboles, anduvieron sacando muestras y a la
noche tenían el piso de sus dormitorios lleno de hojas y flores sobre papeles, casi no
quedaba donde pisar. Antes de dormirse, Isabel apuntó : "Hoja número 74 : verde, forma de
corazón, con pintitas marrones". La fastidiaba un poco que casi todas las hojas fueran
verdes, casi todas lisas, casi todas lanceoladas.

El día que salieron a cazar las hormigas, vio a los peones de la estancia. Al capataz
y al mayordomo los conocía bien porque iban con las noticias a la casta. Peo estos otros
peones, más jóvenes, estaban ahí del lado de los galpones con un aire de siesta, bostezando
a ratos y mirando jugar a los niños. Uno le dijo a Nino : "Pa que vaj a juntar tó esos
bichos", y le dijo con dos dedos en la cabeza, entre los rulos. Isabel hubiera querido que
Nino se enojara, que demostrase ser el hijo del patrón. Ya estaba con la botella hirviendo de


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