Julio Cortazar ¾ Bestiario


laterales y los ochos entreverados en el medio de la pista. Muchos sudaban, una china que
me hubiera llegado raspando al segundo botón del saco pasó contra la mesa y le vi el agua
saliéndole de la raíz del pelo y corriendo por la nuca donde la grasa le hacía una canaleta
más blanca. Había humo entrando del salón contiguo donde comían parrilladas y bailaban
rancheras, el asado y los cigarrillos ponían una nube baja que deformaba las caras y las
pinturas baratas de la pared de enfrente. Creo que yo ayudaba desde adentro con mis cuatro
cañas, y Mauro se tenía el mentón con el revés de la mano, mirando fijo hacia adelante. No
nos llamó la atención que el tango siguiera y siguiera allá arriba, una o dos veces vi a
Mauro echar una ojeada al palco donde Anita hacía como que manejaba una batuta, pero
después volvió a clavar los ojos en las parejas. No sé cómo decirlo, me parece que yo
seguía su mirada y a la vez le mostraba el camino; sin vernos sabíamos (a mí me parece que
Mauro sabía) la coincidencia de ese mirar, caíamos sobre las mismas parejas, los mismos
pelos y pantalones. Yo oí que Emma decía algo, una excusa, y el espacio de mesa entre
Mauro y yo quedó más claro, aunque no nos mirábamos. Sobre la pista parecía haber
descendido un momento de inmensa felicidad, respiré hondo como asociándome y creo
haber oído que Mauro hizo lo mismo. El humo era tan espeso que las caras se borroneaban
más allá del centro de la pista, de modo que la zona de las sillas para las que planchaban no
se veía entre los cuerpos interpuestos y la neblina. Tanto como fuiste mío, curiosa la
crepitación que le daba el parlante a la voz de Anita, otra vez los bailarines se
inmovilizaban (siempre moviéndose) y Celina que estaba sobre la derecha, saliendo del
humo y girando obediente a la presión de su compañero, quedó un momento de perfil a mí,
después de espaldas, el otro perfil, y alzó la cara para oír la música. Yo digo: Celina; pero
entonces fue más bien saber sin comprender, Celina ahí sin estar, claro, cómo comprender
eso en el momento. La mesa tembló de golpe, yo sabía que era el brazo de Mauro que
temblaba, o el mío, pero no teníamos miedo, eso estaba más cerca del espanto y la alegría y
el estómago. En realidad era estúpido, un sentimiento de cosa aparte que no nos dejaba
salir, recobrarnos. Celina seguía siempre ahí, sin vernos, bebiendo el tango con toda la cara
que una luz amarilla de humo desdecía y alteraba. Cualquiera de las negras podría haberse
parecido más a Celina que ella en ese momento, la felicidad la transformaba de un modo
atroz, yo no hubiese podido tolerar a Celina como la veía en ese momento y ese tango. Me
quedó inteligencia para medir la devastación de su felicidad, su cara arrobada y estúpida en
el paraíso al fin logrado; así pudo ser ella en lo de Kasidis de no existir el trabajo y los
clientes. Nada la ataba ahora en su cielo sólo de ella, se daba con toda la piel a la dicha y
entraba otra vez en el orden donde Mauro no podía seguirla. Era su duro cielo conquistado,
su tango vuelto a tocar para ella sola y sus iguales, hasta el aplauso de vidrios rotos que
cerró el refrán de Anita, Celina de espaldas, Celina de perfil, otras parejas contra ella y el
humo.
No quise mirar a Mauro, ahora yo me rehacía y mi notorio cinismo apilaba
comportamientos a todo vapor. Todo dependía de cómo entrara él en la cosa, de manera
que me quedé como estaba, estudiando la pista que se vaciaba poco a poco.
--¿Vos te fijaste? --dijo Mauro.
--Sí.
--¿Vos te fijaste cómo se parecía?
No le contesté, el alivio pesaba más que la lástima. Estaba de este lado, el pobre
estaba de este lado y no alcanzaba ya a creer lo que habíamos sabido juntos. Lo vi
levantarse y caminar por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía
a Celina. Yo me estuve quieto, filmándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir


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