Julio Cortazar ¾ Bestiario


se cotizaba alto, ahora estaba vieja y flaca pero conservaba toda la voz para los tangos.
Mejor todavía, porque su estilo era canalla, necesitado de una voz un poco ronca y sucia
para esas letras llenas de diatriba. Celina tenía esa voz cuando había bebido, de pronto me
di cuenta cómo el Santa Fe era Celina, la presencia casi insoportable de Celina.
Irse con Mauro había sido un error. Lo aguantó porque lo quería y él la sacaba de la
mugre de Kasidis, la promiscuidad y los vasitos de agua azucarada entre los primeros
rodillazos y el aliento pesado de los clientes contra su cara, pero si no hubiera tenido que
trabajar en las milongas a Celina le hubiera gustado quedarse. Se le veía en las caderas y en
la boca, estaba armada para el tango, nacida de arriba abajo para la farra. Por eso era
necesario que Mauro la llevara a los bailes, yo la había visto transfigurarse al entrar, con las
primeras bocanadas de aire caliente y fuelles. A esta hora, metido sin vuelta en el Santa Fe,
medí la grandeza de Celina, su coraje de pagarle a Mauro con unos años de cocina y mate
dulce en el patio. Había renunciado a su cielo de milonga, a su caliente vocación de anís y
valses criollos. Como condenándose a sabiendas, por Mauro y la vida de Mauro, forzando
apenas su mundo para que él la sacara a veces a una fiesta.
Ya Mauro andaba prendido con una negrita más alta que las otras, de talle fino
como pocas y nada fea. Me hizo reír su instintiva pero a la vez meditada selección, la
sirvientita era la menos igual a los monstruos; entonces me volvió la idea de que Celina
había sido en cierto modo un monstruo como ellos, sólo que afuera y de día no se notaba
como aquí. Me pregunté si Mauro lo habría advertido, temí un poco su reproche por traerlo
a un sitio donde el recuerdo crecía de cada cosa como pelos en un brazo.
Esta vez no hubo aplausos, y él se acercó con la muchacha que parecía súbitamente
entontecida y como boqueando fuera de su tango.
--Le presento a un amigo.
Nos dijimos los «encantados» porteños y ahí nomás le dimos de beber. Me alegraba
verlo a Mauro entrando en la noche y hasta cambié unas frases con la mujer que se llamaba
Emma, un nombre que no les va bien a las flacas. Mauro parecía bastante embalado y
hablaba de orquestas con la frase breve y sentenciosa que le admiro. Emma se iba en
nombres de cantores, en recuerdos de Villa Crespo y El Talar. Para entonces Anita Lozano
anunció un tango viejo y hubo gritos y aplausos entre los monstruos, los tapes sobre todo
que la favorecían sin distingos. Mauro no estaba tan curado como para olvidarse del todo,
cuando la orquesta se abrió paso con un culebreo de los bandoneones me miró de golpe,
tenso y rígido, como acordándose. Yo me vi también en Rácing, Mauro y Celina prendidos
fuerte en ese tango que ella canturreó después toda la noche y en el taxi de vuelta.
--¿Lo bailamos? --dijo Emma, tragando su granadina con ruido.
Mauro ni la miraba. Me parece que fue en ese momento que los dos nos alcanzamos
en lo más hondo. Ahora (ahora que escribo) no veo otra imagen que una de mis veinte años
en Sportivo Barracas, tirarme a la pileta y encontrar otro nadador en el fondo, tocar el fondo
a la vez y entrevernos en el agua verde y acre. Mauro echó atrás la silla y se sostuvo con un
codo en la mesa. Miraba igual que yo la pista, y Emma quedó perdida y humillada entre los
dos, pero lo disimulaba comiendo papas fritas. Ahora Anita se ponía a cantar quebrado, las
parejas bailaban casi sin salir de su sitio y se veía que escuchaban la letra con deseo y
desdicha y todo el negado placer de la farra. Las caras buscaban el palco y aun girando se
las veía seguir a Anita inclinada y confidente en el micrófono. Algunos movían la boca
repitiendo las palabras, otros sonreían estúpidamente como desde atrás de sí mismos, y
cuando ella cerró su tanto, tanto como fuiste mío, y boy te busco y no te encuentro, a la
entrada en tutti de los fuelles respondió la renovada violencia del baile, las corridas


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