Julio Cortazar ¾ Bestiario


--Esto asienta la cerveza. Puta que está concurrida la milonga.
Llamó pidiendo otra, y me dio calce para desentenderme y mirar. La mesa estaba
pegada a la pista, del otro lado había sillas contra una larga pared y un montón de mujeres
se renovaba con ese aire ausente de las milongueras cuando trabajan o se divierten. No se
hablaba mucho, oíamos muy bien la típica, rebasada de fuelles y tocando con ganas. El
cantor insistía en la nostalgia, milagrosa su manera de dar dramatismo a un compás más
bien rápido y sin alce. Las trenzas de mi china las traigo en la maleta... Se prendía al
micrófono como a los barrotes de un vomitorio, con una especie de lujuria cansada, de
necesidad orgánica. Por momentos metía los labios contra la rejilla cromada, y de los
parlantes salía una voz pegajosa --«yo soy un hombre honrado...»--; pensé que sería
negocio una muñeca de goma y el micrófono escondido dentro, así el cantor podría tenerla
en brazos y calentarse a gusto al cantarle. Pero no serviría para los tangos, mejor el bastón
cromado con la pequeña calavera brillante en lo alto, la sonrisa tetánica de la rejilla.
Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé
de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche, bajan de regiones
vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos; las mujeres casi enanas y
achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el
pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las
mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles
de los que les queda el cansancio y el orgullo. A ellos les da ahora por el pelo suelto y alto
en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la cara brutal más abajo, el
gesto de agresión disponible y esperando su hora, los torsos eficaces sobre finas cinturas.
Se reconocen y se admiran en silencio sin darlo a entender, es su baile y su encuentro, la
noche de color. (Para una ficha: de dónde salen, qué profesiones los disimulan de día, qué
oscuras servidumbres los aislan y disfrazan). Van a eso, los monstruos se enlazan con grave
acatamiento, pieza tras pieza giran despaciosos sin hablar, muchos con los ojos cerrados
gozando al fin la paridad, la completación. Se recobran en los intervalos, en las mesas son
jactanciosos y las mujeres hablan chillando para que las miren, entonces los machos se
ponen más torvos y yo he visto volar un sopapo y darle vuelta la cara y la mitad del peinado
a una china bizca vestida de blanco que bebía anís. Además está el olor, no se concibe a los
monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta pasada, uno sospecha los
lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los sobacos, después lo importante,
lociones, rímmel, el polvo en la cara de todas ellas, una costra blancuzca y detrás las placas
pardas trasluciendo. También se oxigenan, las negras levantan mazorcas rígidas sobre la
tierra espesa de la cara, hasta se estudian gestos de rubia, vestidos verdes, se convencen de
su transformación y desdeñan condescendientes a las otras que defienden su color. Mirando
de reojo a Mauro yo estudiaba la diferencia entre su cara de rasgos italianos, la cara del
porteño orillero sin mezcla negra ni provinciana, y me acordé de repente de Celina más
próxima a los monstruos, mucho más cerca de ellos que Mauro y yo. Creo que Kasidis la
había elegido para complacer a la parte achinada de su clientela, los pocos que entonces se
animaban a su cabaré. Nunca había estado en lo de Kasidis en tiempos de Celina, pero
después bajé una noche (para reconocer el sitio donde ella trabajaba antes que Mauro la
sacara) y no vi más que blancas, rubias o morochas pero blancas.
--Me dan ganas de bailarme un tango --dijo Mauro quejoso. Ya estaba un poco
bebido al entrar en la cuarta caña. Yo pensaba en Celina, tan en su casa aquí, justamente
aquí donde Mauro no la había traído nunca. Anita Lozano recibía ahora los aplausos
cerrados del público al saludar desde el palco, yo la había oído cantar en el Novelty cuando


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