Julio Cortazar ¾ Bestiario


al tirar el puñado de tierra y echarse atrás como encandilado. Pero le encontré un brillo
claro en los ojos, la mano dura al apretar.
--Gracias por venir a verme. El tiempo es largo, Marcelo.
--¿Tenés que ir al Abasto, o te reemplaza alguien?
--Puse a mi hermano el renguito. No tengo ánimo de ir, y eso que el día se me hace
eterno.
--Claro, precisas distraerte. Vestíte y damos una vuelta por Palermo.
--Vamos, lo mismo da.
Se puso un traje azul y pañuelo bordado, lo vi echarse perfume de un frasco que
había sido de Celina. Me gustaba su forma de requintarse el sombrero, con el ala levantada,
y su paso liviano y silencioso, bien compadre. Me resigné a escuchar --«los amigos se ven
en estos trances»-- y a la segunda botella de Quilmes Cristal se me vino con todo lo que
tenía. Estábamos en una mesa del fondo del café, casi a solas; yo lo dejaba hablar pero de
cuando en cuando le servía cerveza. Casi no me acuerdo de todo lo que dijo, creo que en
realidad era siempre lo mismo. Me ha quedado una frase: «La tengo aquí», y el gesto al
clavarse el índice en el medio del pecho como si mostrara un dolor o una medalla.
--Quiero olvidar --decía también--. Cualquier cosa, emborracharme, ir a la
milonga, tirarme cualquier hembra. Usté me comprende, Marcelo, usté... --el índice subía,
enigmático, se plegaba de golpe como un cortaplumas. A esa altura ya estaba dispuesto a
aceptar cualquier cosa, y cuando yo mencioné el Santa Fe Palace como de pasada, él dio
por hecho que íbamos al baile y fue el primero en levantarse y mirar la hora. Caminamos
sin hablar, muertos de calor, y todo el tiempo yo sospechaba un recuento por parte de
Mauro, su repetida sorpresa al no sentir contra su brazo la caliente alegría de Celina camino
del baile.
--Nunca la llevé a ese Palace --me dijo de repente--. Yo estuve antes de
conocerla, era una milonga muy rea. ¿Usté la frecuenta?
En mis fichas tengo una buena descripción del Santa Fe Palace, que no se llama
Santa Fe ni está en esa calle, aunque sí a un costado. Lástima que nada de eso pueda ser
realmente descrito, ni la fachada modesta con sus carteles promisores y la turbia taquilla,
menos todavía los junadores que hacen tiempo en la entrada y lo calan a uno de arriba
abajo. Lo que sigue es peor, no que sea malo porque ahí nada es ninguna cosa precisa;
justamente el caos, la confusión resolviéndose en un falso orden: el infierno y sus círculos.
Un infierno de parque japonés a dos cincuenta la entrada y damas cero cincuenta.
Compartimientos mal aislados, especie de patios cubiertos sucesivos donde en el primero
una típica, en el segundo una característica, en el tercero una norteña con cantores y
malambo. Puestos en un pasaje intermedio (yo Virgilio) oíamos las tres músicas y veíamos
los tres círculos bailando; entonces se elegía el preferido, o se iba de baile en baile, de
ginebra en ginebra, buscando mesitas y mujeres.
--No está mal --dijo Mauro con su aire tristón--. Lástima el calor. Debían poner
extractores.
(Para una ficha: estudiar, siguiendo a Ortega, los contactos del hombre del pueblo y
la técnica. Ahí donde se creería un choque hay en cambio asimilación violenta y
aprovechamiento; Mauro hablaba de refrigeración o de superheterodinos con la suficiencia
porteña que cree que todo le es debido). Yo lo agarré del brazo y lo puse en camino de una
mesa porque él seguía distraído y miraba el palco de la típica, al cantor que tenía con las
dos manos el micrófono y lo zarandeaba despacito. Nos acodamos contentos delante de dos
cañas secas y Mauro se bebió la suya de un solo viaje.


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