Julio Cortazar ¾ Bestiario



Íbamos juntos a los bailes, y yo los miraba vivir.
--Es bueno que lo hable a Mauro --dijo José María que brotaba de golpe a mi
lado--. Le va a hacer bien.
Fui, pero estuve todo el tiempo pensando en Celina. Era feo reconocerlo, en realidad
lo que hacía era reunir y ordenar mis fichas sobre Celina, no escritas nunca pero bien a
mano. Mauro lloraba a cara descubierta como todo animal sano y de este mundo, sin la me-
nor vergüenza. Me tomaba las manos y me las humedecía con su sudor febril. Cuando José
María lo forzaba a beber una ginebra, la tragaba entre dos sollozos con un ruido raro. Y las
frases, ese barboteo de estupideces con toda su vida dentro, la oscura conciencia de la cosa
irreparable que le había sucedido a Celina pero que sólo él acusaba y resentía. El gran
narcisismo por fin excusado y en libertad para dar el espectáculo. Tuve asco de Mauro pero
mucho más de mí mismo, y me puse a beber coñac barato que me abrasaba la boca sin
placer. Ya el velorio funcionaba a todo tren, de Mauro abajo estaban todos perfectos, hasta
la noche ayudaba caliente y pareja, linda para estarse en el patio y hablar de la finadita, para
dejar venir el alba sacándole a Celina los trapos al sereno.


Esto fue un lunes, después tuve que ir a Rosario por un congreso de abogados donde
no se hizo otra cosa que aplaudirse unos a otros y beber como locos, y volví a fin de
semana. En el tren viajaban dos bailarinas del Moulin Rouge y reconocí a la más joven, que
se hizo la sonsa. Toda esa mañana había estado pensando en Celina, no que me importara
tanto la muerte de Celina sino más bien la suspensión de un orden, de un hábito necesario.
Cuando vi a las muchachas pensé en la carrera de Celina y el gesto de Mauro al sacarla de
la milonga del griego Kasidis y llevársela con él. Se precisaba coraje para esperar alguna
cosa de esa mujer, y fue en esa época que lo conocí, cuando vino a consultarme sobre el
pleito de su vieja por unos terrenos en Sanagasta. Celina lo acompañó la segunda vez,
todavía con un maquillaje casi profesional, moviéndose a bordadas anchas pero apretada a
su brazo. No me costó medirlos, saborear la sencillez agresiva de Mauro y su esfuerzo
inconfesado por incorporarse del todo a Celina. Cuando los empecé a tratar me pareció que
lo había conseguido, al menos por fuera y en la conducta cotidiana. Después medí mejor,
Celina se le escapaba un poco por la vía de los caprichos, su ansiedad de bailes populares,
sus largos entresueños al lado de la radio, con un remiendo o un tejido en las manos.
Cuando la oí cantar, una noche de Nebiolo y Rácing cuatro a uno, supe que todavía estaba
con Kasidis, lejos de una casa estable y de Mauro puestero del Abasto. Por conocerla mejor
alenté sus deseos baratos, fuimos los tres a tanto sitio de altoparlantes cegadores, de pizza
hirviendo y papelitos con grasa por el piso. Pero Mauro prefería el patio, las horas de charla
con vecinos y el mate. Aceptaba de a poco, se sometía sin ceder. Entonces Celina fingía
conformarse, tal vez ya estaba conformándose con salir menos y ser de su casa. Era yo el
que le conseguía a Mauro para ir a los bailes, y sé que me lo agradeció desde un principio.
Ellos se querían, y el contento de Celina alcanzaba para los dos, a veces para los tres.


Me pareció bien pegarme un baño, telefonear a Nilda que la iría a buscar el
domingo de paso al hipódromo, y verlo enseguida a Mauro. Estaba en el patio, fumando
entre largos mates. Me enternecieron los dos o tres agujeritos de su camiseta, y le di una
palmada en el hombro al saludarlo. Tenía la misma cara de la última vez, al lado de la fosa,


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