Julio Cortazar ¾ Bestiario


de su cara sin remedio. Me di cuenta de que no tenía nada que hacer ahí, que esa pieza era
ahora de las mujeres, de las plañideras llegando en la noche. Ni siquiera Mauro podría
entrar en paz a sentarse al lado de Celina, ni siquiera Celina estaba ahí esperando, esa cosa
blanca y negra se volcaba del lado de las lloronas, las favorecía con su tema inmóvil
repitiéndose. Mejor Mauro, ir a buscar a Mauro que seguía del lado nuestro.
De la pieza al comedor había sordos centinelas fumando en el pasillo sin luz. Peña,
el loco Bazán, los dos hermanos menores de Mauro y un viejo indefinible me saludaron con
respeto.
--Gracias por venir, doctor --me dijo uno--. Usté siempre tan amigo del pobre
Mauro.
--Los amigos se ven en estos trances --dijo el viejo, dándome una mano que me
pareció una sardina viva.
Todo esto ocurría, pero yo estaba otra vez con Celina y Mauro en el Luna Park,
bailando en el Carnaval del cuarenta y dos, Celina de celeste que le iba tan mal con su tipo
achinado, Mauro de palm-beach y yo con seis whiskys y una mamúa padre. Me gustaba
salir con Mauro y Celina para asistir de costado a su dura y caliente felicidad. Cuanto más
me reprochaban estas amistades, más me arrimaba a ellos (a mis días, a mis horas) para
presenciar su existencia de la que ellos mismos no sabían nada.
Me arranqué del baile, un quejido venía de la pieza trepando por las puertas.
--Ésa debe ser la madre --dijo el loco Bazán, casi satisfecho.
«Silogística perfecta del humilde», pensé. «Celina muerta, llega madre, chillido
madre». Me daba asco pensar así, una vez más estar pensando todo lo que a los otros les
bastaba sentir. Mauro y Celina no habían sido mis cobayos, no. Los quería, cuánto los sigo
queriendo. Solamente que nunca pude entrar en su simpleza, solamente que me veía
forzado a alimentarme por reflejo de su sangre; yo soy el doctor Hardoy, un abogado que
no se conforma con el Buenos Aires forense o musical o hípico, y avanza todo lo que puede
por otros zaguanes. Ya sé que detrás de eso está la curiosidad, las notas que llenan poco a
poco mi fichero. Pero Celina y Mauro no, Celina y Mauro no.
--Quién iba a decir esto --le oí a Peña--. Así tan rápido...
--Bueno, vos sabes que estaba muy mal del pulmón.
--Sí, pero lo mismo...
Se defendían de la tierra abierta. Muy mal del pulmón, pero así y todo... Celina
tampoco debió esperar su muerte, para ella y Mauro la tuberculosis era «debilidad». Otra
vez la vi girando entusiasta en brazos de Mauro, la orquesta de Canaro ahí arriba y un olor
a polvo barato. Después bailó conmigo una machicha, la pista era un horror de gente y
calina. «Qué bien baila, Marcelo», como extrañada de que un abogado fuera capaz de
seguir una machicha. Ni ella ni Mauro me tutearon nunca, yo le hablaba de vos a Mauro
pero a Celina le devolvía el tratamiento. A Celina le costó dejar el «doctor», tal vez la
enorgullecía darme el título delante de otros, mi amigo él doctor. Yo le pedí a Mauro que se
lo dijera, entonces empezó el «Marcelo». Así ellos se acercaron un poco a mí pero yo
estaba tan lejos como antes. Ni yendo juntos a los bailes populares, al box, hasta al fútbol
(Mauro jugó años atrás en Rácing) o mateando hasta tarde en la cocina. Cuando acabó el
pleito y le hice ganar cinco mil pesos a Mauro, Celina fue la primera en pedirme que no me
alejara, que fuese a verlos. Ya no estaba bien, su voz siempre un poco ronca era cada vez
más débil. Tosía por la noche, Mauro le compraba Neurofosfato Escay lo que era una
idiotez, y también Hierro Quina Bisleri, cosas que se leen en las revistas y se les toma
confianza.


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