Julio Cortazar ¾ Bestiario




Las puertas del cielo




A las ocho vino José María con la noticia, casi sin rodeos me dijo que Celina
acababa de morir. Me acuerdo que reparé instantáneamente en la frase, Celina acabando de
morirse, un poco como si ella misma hubiera decidido el momento en que eso debía
concluir. Era casi de noche y a José María le temblaban los labios al decírmelo.
--Mauro lo ha tomado tan mal, lo dejé como loco. Mejor vamos.
Yo tenía que terminar unas notas, aparte de que le había prometido a una amiga
llevarla a comer. Pegué un par de telefoneadas y salí con José María a buscar un taxi.
Mauro y Celina vivían por Cánning y Santa Fe, de manera que le pusimos diez minutos
desde casa. Ya al acercarnos vimos gente que se paraba en el zaguán con un aire culpable y
cortado; en el camino supe que Celina había empezado a vomitar sangre a las seis, que
Mauro trajo al médico y que su madre estaba con ellos. Parece que el médico empezaba a
escribir una larga receta cuando Celina abrió los ojos y se acabó de morir con una especie
de tos, más bien un silbido.
--Yo lo sujeté a Mauro, el doctor tuvo que salir porque Mauro se le quería tirar
encima. Usté sabe cómo es él cuando se cabrea.
Yo pensaba en Celina, en la última cara de Celina que nos esperaba en la casa. Casi
no escuché los gritos de las viejas y el revuelo en el patio, pero en cambio me acuerdo que
el taxi costaba dos sesenta y que el chófer tenía una gorra de lustrina. Vi a dos o tres amigos
de la barra de Mauro, que leían La Razón en la puerta; una nena de vestido azul tenía en
brazos al gato barcino y le atusaba minuciosa los bigotes. Más adentro empezaban los
clamoreos y el olor a encierro.
--Anda velo a Mauro --le dije a José María--. Ya sabes que conviene darle
bastante alpiste.
En la cocina andaban ya con el mate. El velorio se organizaba solo, por sí mismo:
las caras, las bebidas, el calor. Ahora que Celina acababa de morir, increíble cómo la gente
de un barrio larga todo (hasta las audiciones de preguntas y respuestas) para constituirse en
el lugar del hecho. Una bombilla rezongó fuerte cuando pasé al lado de la cocina y me
asomé a la pieza mortuoria. Misia Martita y otra mujer me miraron desde el oscuro fondo,
donde la cama parecía estar flotando en una jalea de membrillo. Me di cuenta por su aire
superior que acababan de lavar y amortajar a Celina, hasta se olía débilmente a vinagre.
--Pobrecita la finadita --dijo Misia Martita--. Pase, doctor, pase a verla. Parece
como dormida.
Aguantando las ganas de putearla me metí en el caldo caliente de la pieza. Hacía
rato que estaba mirando a Celina sin verla y ahora me dejé ir a ella, al pelo negro y lacio
naciendo de una frente baja que brillaba como nácar de guitarra, al plato playo blanquísimo


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