Julio Cortazar ¾ Bestiario


prolongara la vida un poco más. Oyeron a un diarero en la esquina y los Mañara corrieron
juntos a comprar Última Hora. A una muda consulta de Delia fue Mario a apagar las luces
de la sala. Quedó la lámpara en la mesa del rincón, manchando de amarillo viejo la carpeta
de bordados futuristas. En torno al piano había una luz velada.
Mario preguntó por la ropa de Delia, si trabajaba en su ajuar, si marzo era mejor que
mayo para el casamiento. Esperaba un instante de valor para mencionar los anónimos, un
resto de miedo a equivocarse lo detenía cada vez. Delia estaba junto a él en el sofá verde
oscuro, su ropa celeste la recortaba débilmente en la penumbra. Una vez que quiso besarla,
la sintió contraerse poco a poco.
--Mamá va a volver a despedirse. Espera que se vayan a la cama...
Afuera se oía a los Mañara, el crujir del diario, su diálogo continuo. No tenían sueño
esa noche, las once y media y seguían charlando. Delia volvió al piano, como obstinándose
tocaba largos valses criollos con da capo al fine una vez y otra, escalas y adorno un poco
cursis pero que a Mario le encantaban, y siguió en el piano hasta que los Mañara vinieron a
decirles buenas noches, y que no se quedaran mucho rato, ahora que él era de la familia
tenía que velar más que nunca por Delia y cuidar que no trasnochara. Cuando se fueron,
como a disgusto pero rendidos de sueño, el calor entraba a bocanadas por la puerta del
zaguán y la ventana de la sala. Mario quiso un vaso de agua fresca y fue a la cocina aunque
Delia quería servírselo y se molestó un poco. Cuando estuvo de vuelta vio a Delia en la
ventana, mirando la calle vacía por donde antes en noches iguales se iban Rolo y Héctor.
Algo de luna se acostaba ya en el piso cerca de Delia, en el plato de alpaca que Delia
guardaba en la mano como otra pequeña luna. No había querido pedirle a Mario que
probara delante de los Mañara, él tenía que comprender cómo la cansaban los reproches de
los Mañara, siempre encontraban que era abusar de la bondad de Mario pedirle que probara
los nuevos bombones. Claro que si no tenía ganas, pero nadie le merecía más confianza, los
Mañara eran incapaces de apreciar un sabor distinto. Le ofrecía el bombón como
suplicando, pero Mario comprendió el deseo que poblaba su voz, ahora lo abarcaba con una
claridad que no venía de la luna, ni siquiera de Delia. Puso el vaso de agua sobre el piano
(no había bebido en la cocina) y sostuvo con dos dedos el bombón, con Delia a su lado
esperando el veredicto, anhelosa la respiración como si todo dependiera de eso, sin hablar
pero urgiéndolo con el gesto, los ojos crecidos --o era la sombra de la sala--, oscilando
apenas el cuerpo al jadear, porque ahora era casi un jadeo cuando Mario acercó el bombón
a la boca, iba a morder, bajaba la mano y Delia gemía como si en medio de un placer
infinito se sintiera de pronto frustrada. Con la mano libre apretó apenas los flancos del
bombón pero no lo miraba, tenía los ojos en Delia y la cara de yeso, un pierrot repugnante
en la penumbra. Los dedos se separaban, dividiendo el bombón. La luna cayó de plano en
la masa blanquecina de la cucaracha, el cuerpo desnudo de su revestimiento coriáceo, y
alrededor, mezclados con la menta y el mazapán, los trochos de patas y alas, el polvillo del
caparacho triturado.
Cuando le tiró los pedazos a la cara, Delia se tapó los ojos y empezó a sollozar,
jadeando en un hipo que la ahogaba, cada vez más agudo el llanto como la noche de Rolo,
entonces los dedos de Mario se cerraron en su garganta como para protegerla de ese horror
que le subía del pecho, un borborigmo de lloro y quejido, con risas quebradas por
retorcimientos, pero él quería solamente que se callara y apretaba para que solamente se
callara, la de la casa de altos estaría ya escuchando con miedo y delicia de modo que había
que callarla a toda costa. A su espalda, desde la cocina donde había encontrado al gato con
las astillas clavadas en los ojos, todavía arrastrándose para morir dentro de la casa, oía la


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