Julio Cortazar ¾ Bestiario


sospechosos y se propuso franquearse con Delia, salvarla en sí mismo de los hilos de baba,
del rezumar intolerable de esos rumores. A los cinco días (no había hablado con Delia ni
con los Mañara) vino el segundo. En la cartulina celeste había primero una estrellita (no se
sabía por qué) y después: «Yo que usted tendría cuidado con el escalón de la cancel». Del
sobre salió un perfume vago a jabón de almendra. Mario pensó si la de la casa de altes
usaría jabón de almendra, hasta tuvo el torpe valor de revisar la cómoda de Madre Celeste y
de su hermana. También quemó este anónimo, tampoco le dijo nada a Delia. Era en
diciembre, con el calor de esos diciembres del veintitantos, ahora iba después de cenar a lo
de Delia y hablaban paseándose por el jardincito de atrás o dando vuelta a la manzana. Con
el calor comían menos bombones, no que Delia renunciara a sus ensayos pero traía pocas
muestras a la sala, prefería guardarlos en cajas antiguas, protegidos en moldecitos, con un
fino césped de papel vade claro por encima. Mario la notó inquieta, como alerta. A veces
miraba hacia atrás en las esquinas, y la noche que hizo un gesto de rechazo al llegar al
buzón de Medrano y Rivadavia, Mario comprendió que también a ella la estaban torturando
desde lejos; que compartían sin decirlo un mismo hostigamiento.
Se encontró con papá Mañara en el Munich de Cangallo y Pueyrredón, lo colmó de
cerveza y papas fritas sin arrancarlo de una vigilante modorra, como si desconfiara de la
cita. Mario le dijo riendo que no iba a pedirle plata, sin rodeos le habló de los anónimos, la
nerviosidad de Delia, el buzón de Medrano y Rivadavia.
--Ya sé que apenas nos casemos se acabarán estas infamias. Pero necesito que
ustedes me ayuden, que la protejan. Una cosa así puede hacerle daño. Es tan delicada, tan
sensible.
--Vos querés decir que se puede volver loca, ¿no es cierto?
--Bueno, no es eso. Pero si recibe anónimos como yo y se los calla, y eso se va
juntando...
--Vos no la conoces a Delia. Los anónimos se los pasa... quiero decir que no le
hacen mella. Es más dura de lo que te pensás.
--Pero mire que está como sobresaltada, que algo la trabaja --atinó a decir
indefenso Mario.
--No es por eso, sabes --bebía su cerveza como para que le tapara la voz--. Antes
fue igual, yo la conozco bien.
--¿Antes de qué?
--Antes de que se le murieran, sonso. Pagá que estoy apurado.
Quiso protestar pero papá Mañara estaba ya andando hacia la puerta. Le hizo un
gesto vago de despedida y se fue para el Once con la cabeza gacha. Mario no se animó a
seguirlo, ni siquiera pensar mucho lo que acababa de oír. Ahora estaba otra vez solo como
al principio, frente a Madre Celeste, la de la casa de altos y los Mañara. Hasta los Mañara.
Delia sospechaba algo porque lo recibió distinta, casi parlanchina y sonsacadora.
Tal vez los Mañara habían hablado del encuentro en el Munich, Mario esperó que tocara el
tema para ayudarla a salir de ese silencio, pero ella prefería Rose Mane y un poco de
Schumann, los tangos de Pacho con un compás cortado y entrador, hasta que los Mañara
llegaron con galletitas y málaga y encendieron todas las luces. Se habló de Pola Negri, de
un crimen en Liniers, del eclipse parcial y la descompostura del gato. Delia creía que el
gato estaba empachado de pelos y apoyaba un tratamiento de aceite de castor. Los Mañara
le daban la razón sin opinar pero no parecían convencidos. Se acordaron de un veterinario
amigo, de unas hojas amargas. Optaban por dejarlo solo en el jardincito, que él mismo
eligiera los pastos curativos. Pero Delia dijo que el gato se moriría, tal vez el aceite le


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