Julio Cortazar ¾ Bestiario


pero como invitándolos, ellos escogían las formas simples, las de antes, y hasta cortaban los
bombones para examinar el relleno. A Mario le divertía el sordo descontento de Delia junto
al piano, su aire falsamente distraído. Guardaba para él las novedades, a último momento
venía de la cocina con el platito de alpaca; una vez se hizo tarde tocando el piano y Delia
dejó que la acompañara hasta la cocina para buscar unos bombones nuevos. Cuando
encendió la luz, Mario vio el gato dormido en su rincón, y las cucarachas que huían por las
baldosas. Se acordó de la cocina de su casa, Madre Celeste desparramando polvo amarillo
en los zócalos. Aquella noche los bombones tenían gusto a moka y un dejo raramente
salado (en lo más lejano del sabor) como si al final del gusto se escondiera una lágrima; era
idiota pensar en eso, en el resto de las lágrimas caídas la noche de Rolo en el zaguán.
--El pez de color está tan triste --dijo Delia mostrándole el bocal con piedritas y
falsas vegetaciones. Un pececillo rosa translúcido dormitaba con un acompasado
movimiento de la boca. Su ojo frío miraba a Mario como una perla viva. Mario pensó en el
ojo salado como una lágrima que resbalaría entre los dientes al mascarlo.
--Hay que renovarle más seguido el agua --propuso.
--Es inútil, está viejo y enfermo. Mañana se va a morir.
A él le sonó el anuncio como un retorno a lo peor, a la Delia atormentada del luto y
los primeros tiempos. Todavía tan cerca de aquello, del peldaño y el muelle, con fotos de
Héctor apareciendo de golpe entre los pares de medias o las enaguas de verano. Y una flor
seca --del velorio de Rolo-- sujeta sobre una estampa en la hoja del ropero.
Antes de irse le pidió que se casara con él en el otoño. Delia no dijo nada, se puso a
mirar el suelo como si buscara una hormiga en la sala. Nunca habían hablado de eso, Delia
parecía querer habituarse a pensar antes de contestarle. Después lo miró brillantemente,
irguiéndose de golpe. Estaba hermosa, le temblaba un poco la boca. Hizo un gesto como
para abrir una puertecita en el aire, un ademán casi mágico.
--Entonces sos mi novio --dijo--. Qué distinto me pareces, qué cambiado.
Madre Celeste oyó sin hablar la noticia, puso a un lado la plancha y en todo el día
no se movió de su cuarto, adonde entraban de a uno los hermanos para salir con caras largas
y vasitos de Hesperidina. Mario se fue a ver fútbol y por la noche llevó rosas a Delia. Los
Mañara lo esperaban en la sala, lo abrazaron y le dijeron cosas, hubo que destapar una
botella de oporto y comer masas. Ahora el tratamiento era íntimo y a la vez más lejano.
Perdían la simplicidad de amigos para mirarse con los ojos del pariente, del que lo sabe
todo desde la primera infancia. Mario besó a Delia, besó a mamá Mañara, y al abrazar
fuerte a su futuro suegro hubiera querido decirle que confiaran en él, nuevo soporte del
hogar, pero no le venían las palabras. Se notaba que también los Mañara hubieran querido
decirle algo y no se animaban. Agitando los periódicos volvieron a su cuarto. Y Mario se
quedó con Delia y el piano, con Delia y la llamada de amor indio.
Una o dos veces, durante esas semanas de noviazgo, estuvo a un paso de citar a
papá Mañara fuera de la casa para hablarle de los anónimos. Después lo creyó inútilmente
cruel porque nada podía hacerse contra esos miserables que los hostigaban. El peor vino un
sábado a mediodía en un sobre azul, Mario se quedó mirando la fotografía de Héctor en
Última Hora y los párrafos subrayados con tinta azul. «Sólo una honda desesperación pudo
arrastrarlo al suicidio, según declaraciones de los familiares». Pensó raramente que los
familiares de Héctor no habían aparecido más por lo de Mañara. Quizá fueron alguna vez
en los primeros días. Se acordaba ahora del pez de color, los Mañara habían dicho que era
regalo de la madre de Héctor. Pez de color muerto el día anunciado por Delia. Sólo una
honda desesperación pudo arrastrarlo. Quemó el sobre, el recorte, hizo un recuento de


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