Julio Cortazar ¾ Bestiario


Delia estaba contenta del resultado, dijo a Mario que su descripción del sabor se
acercaba a lo que había esperado. Todavía faltaban ensayos, había cosas sutiles por
equilibrar. Los Mañara le dijeron a Mario que Delia no había vuelto a sentarse al piano, que
se pasaba las horas preparando los licores, los bombones. No lo decían con reproche, pero
tampoco estaban contentos; Mario adivinó que los gastos de Delia los afligían. Entonces
pidió a Delia en secreto una lista de las esencias y sustancias necesarias. Ella hizo algo que
nunca antes, le pasó los brazos por el cuello y lo besó en la mejilla. Su boca olía despacito a
menta. Mario cerró los ojos, llevado por la necesidad de sentir el perfume y el sabor desde
debajo de los párpados. Y el beso volvió, más duro y quejándose.
No supo si le había devuelto el beso, tal vez se quedó quieto y pasivo, catador de
Delia en la penumbra de la sala. Ella tocó el piano, como casi nunca ahora, y le pidió que
volviera al otro día. Nunca habían hablado con esa voz, nunca se habían callado así. Los
Mañara sospecharon algo porque vinieron agitando los periódicos y con noticias de un
aviador perdido en el Atlántico. Eran días en que muchos aviadores se quedaban a mitad
del Atlántico. Alguien encendió la luz y Delia se apartó enojada del piano, a Mario le
pareció un instante que su gesto ante la luz tenía algo de la fuga enceguecida del ciempiés,
una loca carrera por las paredes. Abría y cerraba las manos, en el vano de la puerta, y
después volvió como avergonzada, mirando de reojo a los Mañara; los miraba de reojo y se
sonreía.
Sin sorpresa, casi como una confirmación, midió Mario esa noche la fragilidad de la
paz de Delia, el peso persistente de la doble muerte. Rolo, vaya y pase; Héctor era ya el
desborde, el trizado que desnuda un espejo. De Delia quedaban las manías delicadas, la
manipulación de esencias y animales, su contacto con cosas simples y oscuras, la cercanía
de las mariposas y los gatos, el aura de su respiración a medias en la muerte. Se prometió
una caridad sin límites, una cura de años en habitaciones claras y parques alejados del
recuerdo; tal vez sin casarse con Delia, simplemente prolongando este amor tranquilo hasta
que ella no viese más una tercera muerte andando a su lado, otro novio, el que sigue para
morir.
Creyó que los Mañara iban a alegrarse cuando él empezara a traerle los extractos a
Delia; en cambio se enfurruñaron y se replegaron hoscos, sin comentarios, aunque
terminaban transando y yéndose, sobre todo cuando venía la hora de las pruebas, siempre
en la sala y casi de noche, y había que cerrar los ojos y definir --con cuántas vacilaciones a
veces por la sutilidad de la materia-- el sabor de un trocito de pulpa nueva, pequeño
milagro en el plato de alpaca.
A cambio de esas atenciones Mario obtenía de Delia una promesa de ir juntos al
cine o pasear por Palermo. En los Mañara advertía gratitud y complicidad cada vez que
venía a buscarla el sábado de tarde o la mañana del domingo. Como si prefiriesen quedarse
solos en la casa para oír radio o jugar a las cartas. Pero también sospechó una repugnancia
de Delia a irse de la casa cuando quedaban los viejos. Aunque no estaba triste junto a
Mario, las pocas veces que salieron con los Mañara se alegró más, entonces se divertía de
veras en la Exposición Rural, quería pastillas y aceptaba juguetes que a la vuelta miraba
con fijeza, estudiándolos hasta cansarse. El aire puro le hacía bien, Mario le vio una tez más
clara y un andar decidido. Lástima esa vuelta vespertina al laboratorio, el ensimismamiento
interminable con la balanza o las tenacillas. Ahora los bombones la absorbían al punto de
dejar los licores; ahora pocas veces daba a probar sus hallazgos. A los Mañara nunca;
Mario sospechaba sin razones que los Mañara hubieran rehusado probar sabores nuevos;
preferían los caramelos comunes y si Delia dejaba una caja sobre la mesa, sin invitarlos


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