Julio Cortazar ¾ Bestiario


sonreía como burlándose. Él se imaginaba cosas, y fue temerosamente feliz. «El tercer
novio», pensó raramente. «Decirle así: su tercer novio, pero vivo».
Ahora ya es más difícil hablar de esto, está mezclado con otras historias que uno
agrega a base de olvidos menores, de falsedades mínimas que tejen y tejen por detrás de los
recuerdos; parece que él iba más seguido a lo de Mañara, la vuelta a la vida de Delia lo
ceñía a sus gustos y a sus caprichos, hasta los Mañara le pidieron con algún recelo que
alentara a Delia, y él compraba las sustancias para los licores, los filtros y embudos que ella
recibía con una grave satisfacción en la que Mario sospechaba un poco de amor, por lo
menos algún olvido de los muertos.
Los domingos se quedaba de sobremesa con los suyos, y Madre Celeste se lo
agradecía sin sonreír, pero dándole lo mejor del postre y el café muy caliente. Por fin
habían cesado los chismes, al menos no se hablaba de Delia en su presencia. Quién sabe si
los bofetones al más chico de los Camiletti o el agrio encresparse frente a Madre Celeste
entraban en eso; Mario llegó a creer que habían recapacitado, que absolvían a Delia y hasta
la consideraban de nuevo. Nunca habló de su casa en lo de Mañara, ni mencionó a su amiga
en las sobremesas del domingo. Empezaba a creer posible esa doble vida a cuatro cuadras
una de otra; la esquina de Rivadavia y Castro Barros era el puente necesario y eficaz. Hasta
tuvo esperanza de que el futuro acercara las casas, las gentes, sordo al paso incomprensible
que sentía --a veces, a solas-- como íntimamente ajeno y oscuro.
Otras gentes no iban a ver a los Mañara. Asombraba un poco esa ausencia de
parientes o de amigos. Mario no tenía necesidad de inventarse un toque especial de timbre,
todos sabían que era él. En diciembre, con un calor húmedo y dulce, Delia logró el licor de
naranja concentrado, lo bebieron felices un atardecer de tormenta. Los Mañara no quisieron
probarlo, seguros de que les haría mal. Delia no se ofendió, pero estaba como transfigurada
mientras Mario sorbía apreciativo el dedalito violáceo lleno de luz naranja, de olor queman-
te. «Me va a hacer morir de calor, pero está delicioso», dijo una o dos veces. Delia, que
hablaba poco cuando estaba contenta, observó: «Lo hice para vos». Los Mañara la miraban
como queriendo leerle la receta, la alquimia minuciosa de quince días de trabajo.
A Rolo le habían gustado los licores de Delia. Mario lo supo por unas palabras de
Mañara dichas al pasar cuando Delia no estaba: «Ella le hizo muchas bebidas. Pero Rolo
tenía miedo por el corazón. El alcohol es malo para el corazón». Tener un novio tan
delicado, Mario comprendía ahora la liberación que asomaba en los gestos, en la manera de
tocar el piano de Delia. Estuvo por preguntarle a los Mañara qué le gustaba a Héctor, si
también Delia le hacía licores o postres a Héctor. Pensó en los bombones que Delia volvía a
ensayar y que se alineaban para secarse en una repisa de la antecocina. Algo le decía a
Mario que Delia iba a conseguir cosas maravillosas con los bombones. Después de pedir
muchas veces, obtuvo que ella le hiciera probar uno. Ya se iba cuando Delia le trajo una
muestra blanca y liviana en un platito de alpaca. Mientras lo saboreaba --algo apenas
amargo, con un asomo de menta y nuez moscada mezclándose raramente--, Delia tenía los
ojos bajos y el aire modesto. Se negó a aceptar los elogios, no era más que un ensayo y aún
estaba lejos de lo que se proponía. Pero a la visita siguiente --también de noche, ya en la
sombra de la despedida junto al piano-- le permitió probar otro ensayo. Había que cerrar
los ojos para adivinar el sabor, y Mario obediente cerró los ojos y adivinó un sabor a
mandarina, levísimo, viniendo desde lo más hondo del chocolate. Sus dientes
desmenuzaban trocitos crocantes, no alcanzó a sentir su sabor y era sólo la sensación
agradable de encontrar un apoyo entre esa pulpa dulce y esquiva.



34

35