Julio Cortazar ¾ Bestiario


feliz, claro que lo habían visto raro las últimas semanas; no raro, mejor distraído, mirando
el aire como si viera cosas. Igual que si tratara de escribir algo en el aire, descifrar un
enigma. Todos los muchachos del café Rubí estaban de acuerdo. Mientras que Rolo no, le
falló el corazón de golpe. Rolo era un muchacho solo y tranquilo, con plata y un Chevrolet
doble faetón, de manera que pocos lo habían confrontado en ese tiempo final. En los
zaguanes las cosas resuenan tanto, la de la casa de altos sostuvo días y días que el llanto de
Rolo había sido como un alarido sofocado, un grito entre las manos que quieren ahogarlo y
lo van cortando en pedazos. Y casi en seguida el golpe atroz de la cabeza contra el escalón,
la carrera de Delia clamando, el revuelo ya inútil.
Sin darse cuenta, Mario juntaba pedazos de episodios, se descubría urdiendo
explicaciones paralelas al ataque de los vecinos. Nunca preguntó a Delia, esperaba
vagamente algo de ella. A veces pensaba si Delia sabría exactamente lo que se murmuraba.
Hasta los Mañara eran raros, con su manera de aludir a Rolo y a Héctor sin violencia, como
si estuviesen de viaje. Delia callaba protegida por ese acuerdo precavido e incondicional.
Cuando Mario se agregó, discreto como ellos, los tres cubrieron a Delia con una sombra
fina y constante, casi transparente los martes o los jueves, más palpable y solícita de sábado
a lunes. Delia recobraba ahora una menuda vivacidad episódica, un día tocó el piano, otra
vez jugó al ludo; era más dulce con Mario, lo hacía sentarse cerca de la ventana de la sala y
le explicaba proyectos de costura o de bordado. Nunca le decía nada de los postres o los
bombones, a Mario le extrañaba pero lo atribuía a delicadeza, a miedo de aburrirlo. Los
Mañara alababan los licores de Delia; una noche quisieron servirle una copita, pero Delia
dijo con brusquedad que eran licores para mujeres y que había volcado casi todas las
botellas. «A Héctor...», empezó plañidera su madre, y no dijo más por no apenar a Mario.
Después se dieron cuenta de que a Mario no le molestaba la evocación de los novios. No
volvieron a hablar de licores hasta que Delia recobró la animación y quiso probar recetas
nuevas. Mario se acordaba de esa tarde porque acababan de ascenderlo, y lo primero que
hizo fue comprarle bombones a Delia. Los Mañara picoteaban pacientemente la galena del
aparatito con teléfonos, y lo hicieron quedarse un rato en el comedor para que escuchara
cantar a Rosita Quiroga. Luego él les dijo lo del ascenso, y que le traía bombones a Delia.
--Hiciste mal en comprar eso, pero andá, llévaselos, está en la sala --y lo miraron
salir y se miraron hasta que Mañara se sacó los teléfonos como si se quitara una corona de
laurel, y la señora suspiró desviando los ojos. De pronto los dos parecían desdichados,
perdidos. Con un gesto turbio Mañara levantó la palanquita de la galena.
Delia se quedó mirando la caja y no hizo mucho caso de los bombones, pero cuando
estaba comiendo el segundo, de menta con una crestita de nuez, le dijo a Mario que sabía
hacer bombones. Parecía excusarse por no haberle confiado antes tantas cosas, empezó a
describir con agilidad la manera de hacer los bombones, el relleno y los baños de chocolate
o moka. Su mejor receta eran unos bombones a la naranja rellenos de licor, con una aguja
perforó uno de los que le traía Mario para mostrarle cómo se los manipulaba; Mario veía
sus dedos demasiado blancos contra el bombón, mirándola explicar le parecía un cirujano
pausando un delicado tiempo quirúrgico. El bombón como una menuda laucha entre los
dedos de Delia, una cosa diminuta pero viva que la aguja laceraba. Mario sintió un raro
malestar, una dulzura de abominable repugnancia. «Tire ese bombón», hubiera querido
decirle. «Tírelo lejos, no vaya a llevárselo a la boca porque está vivo, es un ratón vivo».
Después le volvió la alegría del ascenso, oyó a Delia repetir la receta del licor de té, del
licor de rosa... Hundió los dedos en la caja y comió dos, tres bombones seguidos. Delia se



33

34