Julio Cortazar ¾ Bestiario


cumplió diecinueve años, Delia vio llegar sin fiestas --todavía estaba de negro-- los
veintidós.
Los Mañara encontraban injustificado el luto por un novio, hasta Mario hubiera
preferido un dolor sólo por dentro. Era penoso presenciar la sonrisa velada de Delia cuando
se ponía el sombrero ante el espejo, tan rubia sobre el luto. Se dejaba adorar vagamente por
Mario y los Mañara, se dejaba pasear y comprar cosas, volver con la última luz y recibir los
domingos por la tarde. A veces salía sola hasta el antiguo barrio, donde Héctor la había
festejado. Madre Celeste la vio pasar una tarde y cerró con ostensible desprecio las
persianas. Un gato seguía a Delia, todos los animales se mostraban siempre sometidos a
Delia, no se sabía si era cariño o dominación, le andaban cerca sin que ella los mirara.
Mario notó una vez que un perro se apartaba cuando Delia iba a acariciarlo. Ella lo llamó
(era en el Once, de tarde) y el perro vino manso, tal vez contento, hasta sus dedos. La
madre decía que Delia había jugado con arañas cuando chiquita. Todos se asombraban,
hasta Mario que les tenía poco miedo. Y las mariposas venían a su pelo --Mario vio dos en
una sola tarde, en San Isidro--, pero Delia las ahuyentaba con un gesto liviano. Héctor le
había regalado un conejo blanco, que murió pronto, antes que Héctor. Pero Héctor se tiró en
Puerto Nuevo, un domingo de madrugada. Fue entonces cuando Mario oyó los primeros
chismes. La muerte de Rolo Médicis no había interesado a nadie desde que medio mundo
se muere de un síncope. Cuando Héctor se suicidó los vecinos vieron demasiadas
coincidencias, en Mario renacía la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé, la
incrédula desazón en el gestó de su padre. Para colmo fractura del cráneo, porque Rolo
cayó de una pieza al salir del zaguán de los Mañara, y aunque ya estaba muerto el golpe
brutal contra el escalón fue otro feo detalle. Delia se había quedado adentro, raro que no se
despidieran en la misma puerta, pero de todos modos estaba cerca de él y fue la primera en
gritar. En cambio Héctor murió solo, en una noche de helada blanca, a las cinco horas de
haber salido de casa de Delia como todos los sábados.
Yo me acuerdo mal de Mario, pero dicen que hacía linda pareja con Delia. Aunque
ella estaba todavía con el luto por Héctor (nunca se puso luto por Rolo, vaya a saber el
capricho), aceptaba la compañía de Mario para pasear por Almagro o ir al cine. Hasta ese
entonces Mario se había sentido fuera de Delia, de su vida, hasta de la casa. Era siempre
una «visita», y entre nosotros la palabra tiene un sentido exacto y divisorio. Cuando la
tomaba del brazo para cruzar la calle, o al subir la escalera de la estación Medrano, miraba
a veces su mano apretada contra la seda negra del vestido de Delia. Medía ese blanco sobre
negro, esa distancia. Pero Delia se acercaría cuando volviera al gris, a los claros sombreros
para el domingo de mañana.
Ahora que los chismes no eran un artificio absoluto, lo miserable para Mario estaba
en que anexaban episodios indiferentes para darles un sentido. Mucha gente muere en
Buenos Aires de ataques cardíacos o asfixia por inmersión. Muchos conejos languidecen y
mueren en las casas, en los patios. Muchos perros rehuyen o aceptan las caricias. Las pocas
líneas que Héctor dejó a su madre, los sollozos que la de la casa de altos dijo haber oído en
el zaguán de los Mañara la noche en que murió Rolo (pero antes del golpe), el rostro de
Delia los primeros días... La gente pone tanta inteligencia en esas cosas, y cómo de tantos
nudos agregándose nace al final el trozo de tapiz --Mario vería a veces el tapiz, con asco,
con terror, cuando el insomnio entraba en su piecita para ganarle la noche.
«Perdóname mi muerte, es imposible que entiendas pero perdóname, mamá». Un
papelito arrancado al borde de Crítica, apretado con una piedra al lado del saco que quedó
como un mojón para el primer marinero de la madrugada. Hasta esa noche había sido tan


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