Julio Cortazar ¾ Bestiario




Cirse




And one kiss I had of her mouth, as I took
the apple from her hand. But while I bit it, my
brain whirled and my foot stumbled; and I felt my
crashing fall through the tangled boughs beneath
her feet and saw the dead white fates that
welcomed me in the pit DANTE GABRIEL ROSSETTI,
The Orchard-Pit


Porque ya no ha de importarle, pero esa vez le dolió la coincidencia de los chismes
entrecortados, la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé, la incrédula desazón
en el gesto de su padre. Primero fue la de la casa de altos, su manera vacuna de girar
despacio la cabeza, rumiando las palabras con delicia de bolo vegetal. Y también la chica
de la farmacia --«no porque yo lo crea, pero si fuese verdad qué horrible»-- y hasta don
Emilio, siempre discreto como sus lápices y sus libretas de hule. Todos hablaban de Delia
Mañara con un resto de pudor, nada seguros de que pudiera ser así, pero en Mario se abría
paso a puerta limpia un aire de rabia subiéndole a la cara. Odió de improviso a su familia
con un ineficaz estallido de independencia. No los había querido nunca, sólo la sangre y el
miedo a estar solo lo ataban a su madre y a los hermanos. Con los vecinos fue directo y
brutal, a don Emilio lo puteó de arriba abajo la primera vez que se repitieron los
comentarios. A la de la casa de altos le negó el saludo como si eso pudiera afligirla. Y
cuando volvía del trabajo entraba ostensiblemente para saludar a los Mañara y acercarse --
a veces con caramelos o un libro-- a la muchacha que había matado a sus dos novios.
Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos
(yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con
faldas de vuelo libre. Mario creyó un tiempo que la gracia de Delia y sus vestidos apoyaban
el odio de la gente. Se lo dijo a Madre Celeste: «La odian porque no es chusma como
ustedes, como yo mismo», y ni parpadeó cuando su madre hizo ademán de cruzarle la cara
con una toalla. Después de eso fue la ruptura manifiesta; lo dejaban solo, le lavaban la ropa
como por favor, los domingos se iban a Palermo o de picnic sin siquiera avisarle. Entonces
Mario se acercaba a la ventana de Delia y le tiraba una piedrita. A veces ella salía, a veces
la escuchaba reírse adentro, un poco malvadamente y sin darle esperanzas.
Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales,
seguidas de una humillada melancolía casi colonial. Los Mañara se mudaron a cuatro
cuadras y eso hace mucho en Almagro, de manera que otros vecinos empezaron a tratar a
Delia, las familias de Victoria y Castro Barros se olvidaron del caso y Mario siguió
viéndola dos veces por semana cuando volvía del banco. Era ya verano y Delia quería salir
a veces, iban juntos a las confiterías de Rivadavia o a sentarse en Plaza Once. Mario



31

32