Julio Cortazar ¾ Bestiario


quedarnos solos toda la noche en la casa, quizá sin poder medicamentarnos... La siesta se
estanca silenciosa, hace calor en las piezas, si vamos hasta la veranda nos rechaza el color
de tiza de la tierra, los galpones, los tejados. Han muerto otras mancuspias pero el resto
calla, sólo de cerca se las oiría jadear.
Uno de nosotros cree que alcanzaremos a venderlas, que debemos ir al pueblo. El
otro hace estos apuntes y ya no cree en mucho. Que pase el calor, que sea de noche.
Salimos casi a las siete, todavía hay unos puñados de alimento en el galpón, sacudiendo las
bolsas cae un polvillo de avena que juntamos preciosamente. Ellas lo olfatean y la agitación
en las jaulas es violenta. No nos atrevemos a soltarlas, es mejor poner una cucharada de
pasta en cada jaula, así parece que están más satisfechas, que es más justo. Ni siquiera
sacamos las mancuspias muertas, no nos explicamos cómo hay diez jaulas vacías, cómo
parte de las crías anda mezclada con los machos en el corral. Se ve apenas, ahora anochece
de golpe y el Chango nos robó el farol de carburo.
Parece como si en el camino, contra el monte de sauces, hubiera gente. Sería el
momento de llamar para que alguien fuese al pueblo; todavía hay tiempo. A veces
pensamos si no nos espían, la gente es tan ignorante y nos tiene tan entre ojos. Preferimos
no pensar y cerramos la puerta con delicia, replegados a la casa donde todo es más nuestro.
Quisiéramos consultar los manuales para precavernos de un nuevo Apis, o del otro.animal
todavía peor; dejamos la cena y leemos en voz alta, casi sin oír. Algunas frases suben sobre
las otras, y afuera es igual, algunas mancuspias aúllan más alto que el resto, perduran y
repiten un ulular lancinante. «Crotalus cascavella tiene alucinaciones peculiares...». Uno de
nosotros repite la mención, nos alegra comprender tan bien el latín, crótalo cascabel, pero
es decir lo mismo porque cascabel equivale a crótalo. Quizá el manual no quiere impre-
sionar a los enfermos comunes con la mención directa del animal. Y sin embargo, lo
nombra, esta terrible serpiente... «cuyo veneno actúa con espantosa intensidad». Tenemos
que forzar la voz para oírnos entre el clamor de las mancuspias, otra vez las sentimos cerca
de la casa, en los techos, rascando las ventanas, contra los dinteles. De alguna manera no es
ya raro, por la tarde vimos tantas jaulas abiertas, pero la casa está cerrada y la luz en el
comedor nos envuelve en una fría protección mientras nos ilustramos a gritos. Todo está
claro en el manual, un lenguaje directo para enfermos sin prejuicios, la descripción del
cuadro: cefalea y gran excitación, causadas por comenzar a dormir. (Pero por suerte no
tenemos sueño). El cráneo comprime el cerebro como un casco de acero --bien dicho--.
Algo viviente camina en círculo dentro de la cabeza. (Entonces la casa es nuestra cabeza, la
sentimos rondada, cada ventana es una oreja contra el aullar de las mancuspias ahí afuera).
Cabeza y pecho comprimidos por una armadura de hierro. Un hierro al rojo hundido en el
vértex. No estamos seguros sobre el vértex, hace un momento que la luz vacila, cede poco a
poco, nos olvidamos de poner en marcha el molino por la tarde. Cuando ya no se puede leer
encendemos una vela junto al manual para terminar de enterarnos de los síntomas, es mejor
saber por si más tarde --dolores lancinantes agudos en sien derecha, esta terrible serpiente
cuyo veneno actúa con espantosa intensidad (ya leímos eso, es difícil alumbrar el manual
con una vela), algo viviente camina en círculo dentro de la cabeza, también lo leímos y es
así, algo viviente camina en círculo. No estamos inquietos, peor es afuera, si hay afuera.
Por sobre el manual nos estamos mirando, y si uno de nosotros alude con un gesto al aullar
que crece más y más, volvemos a la lectura como seguros de que todo eso está ahora ahí,
donde algo viviente camina en círculo aullando contra las ventanas, contra los oídos, el
aullar de las mancuspias muriéndose de hambre.



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