Julio Cortazar ¾ Bestiario


arrancado por la frente. Aconitum es repentino; salvaje; peor por vientos fríos; con inquie-
tud, angustia, miedo. Las mancuspias rondan la casa, inútil repetirnos que están en los
corrales, que los candados resisten.
No advertimos el amanecer, hacia las cinco nos abate un sueño sin reposo del que
salen nuestras manos a hora fija para llevar los glóbulos a la boca. Hace rato que golpean en
la puerta del living, los golpes crecen con rabia hasta que uno de nosotros deja que las
zapatillas se pongan sus pies y se arrastren hasta la llave. Es la policía con la noticia del
arresto del Chango; nos traen de vuelta el sulky, allá sospecharon el robo y el abandono.
Hay que firmar una declaración, todo está bien, el sol alto y un gran silencio en los corrales.
Los policías miran los corrales, uno se tapa la nariz con el pañuelo, hace como que tose.
Decimos pronto lo que quieren, firmamos, y se van casi corriendo, pasan lejos de los
corrales y los miran, también a nosotros nos han mirado, aventurando una ojeada al interior
(sale un aire estancado por la puerta), y se van casi corriendo. Es muy curioso que estos
brutos no quieran espiar más, huyen como apestados, ya pasan al galope por el camino del
costado.
Uno de nosotros parece decidir personalmente que el otro irá enseguida a buscar
alimento con el sulky, mientras se cumple la tarea matinal. Subimos sin ganas, el caballo
está cansado poique lo han traído sin respiro, vamos saliendo de a poco y mirando atrás.
Todo está en orden, entonces no eran las mancuspias las que hacían ruidos en la casa, habrá
que fumigar las ratas del tejado, asombra el ruido que una sola rata puede hacer de noche.
Abrimos los corrales, juntamos las madres pero apenas queda avena malteada y las
mancuspias pelean ferozmente, se arrancan pedazos de lomo y de cuello, les salta la sangre
y hay que separarlas a látigo y gritos. Después de eso la lactancia de las crías es penosa e
imperfecta, se advierte que los pichones están hambrientos, algunos vacilan al correr o se
apoyan en los alambrados. Hay un macho muerto a la entrada de su jaula,
inexplicablemente. Y el caballo se resiste a trotar, ya estamos a diez cuadras de la casa y
todavía al paso, con la cabeza caída y resollando. Desanimados emprendemos la vuelta,
llegamos para ver cómo los últimos restos de alimento se pierden en un revuelo de pelea.
Volvemos sin obstinarnos a la veranda. En el primer peldaño hay un pichón de
mancuspia muñéndose. Lo alzamos, lo ponemos en un canasto con paja, quisiéramos saber
qué tiene pero se muere con la muerte oscura de los animales. Y los candados estaban
intactos, no se sabe cómo pudo escapar esta mancuspia, si su muerte es la escapatoria o si
ha escapado porque se estaba muriendo. Le echamos diez glóbulos de Nux Vómica en el
pico, se quedan ahí como perlitas, ya no puede tragar. Desde donde estamos se ve a un
macho caído sobre las manos; intenta alzarse con una sacudida, pero vuelve a caer como si
rezara.
Nos parece oír gritos, tan cerca nuestro que miramos hasta debajo de las sillas de
paja de la veranda; el doctor Harbín nos ha prevenido contra las reacciones animales que
atacan de mañana, no habíamos pensado que pudiera ser una cefalea así. Dolor occipital, de
tanto en tanto un grito: cuadro de Apis, dolores como picaduras de abejas. Doblamos la
cabeza hacia atrás, o la hundimos contra la almohada (en algún momento hemos llegado a
la cama). Sin sed, pero sudando; orina escasa, gritos penetrantes. Como magullados,
sensibles al tacto; en un momento nos dimos la mano y fue terrible. Hasta que cesa,
paulatina, dejándonos el temor de una repetición con variante animal, como ya una vez: tras
de la abeja, el cuadro de la serpiente. Son las dos y media.
Preferimos completar estos informes mientras dura la luz y estamos bien. Uno de
nosotros debería ir ahora al pueblo, si pasa la siesta se nos hará muy tarde para volver, y


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