Julio Cortazar ¾ Bestiario


tanque australiano, la posible irrupción de una zorra o un gato montes. Apenas llegamos a
la entrada de los corrales y ya nos enceguece el sol, como albinos vacilamos entre las
llamaradas blancas, quisiéramos continuar el trabajo pero es tarde, el cuadro Belladona nos
arrasa hasta precipitarnos agotados en la hondura sombría del galpón. Congestionados, cara
roja y caliente; pupilas dilatadas. Pulsación violenta en cerebro y carótidas. Violentas
punzadas y lanzazos. Cefalea como sacudidas. A cada paso sacudida hacia abajo como si
hubiera un peso en el occipital. Cuchilladas y punzadas. Dolor de estallido; como si se em-
pujara el cerebro; peor agachándose, como si el cerebro cayera hacia afuera, como si fuera
empujado hacia adelante, o los ojos estuvieran por salirse. (Como esto, como aquello; pero
nunca como es de veras). Peor con los ruidos, sacudidas, movimiento, luz. Y de pronto
cesa, la sombra y la frescura se la lleva en un instante, nos deja una maravillada gratitud, un
deseo de correr y sacudir la cabeza, asombrarse de que un minuto antes... Pero está el
trabajo, y ahora sospechamos que la inquietud de las mancuspias obedece a falta de agua
fresca, a la ausencia de Leonor y el Chango --son tan sensibles que han de sentir de algún
modo esa ausencia--, y un poco a que extrañan el cambio en las labores de la mañana,
nuestra torpeza, nuestro apuro.
Como no es día de esquila, uno de nosotros se ocupa del apareo prefijado y del
control de peso; es fácil advertir que de ayer a hoy las crías han desmejorado bruscamente.
Las madres comen mal, huelen prolongadamente la avena malteada antes de dignarse
morder la tibia pasta alimenticia. Cumplimos silenciosos las últimas tareas, ahora la venida
de la noche tiene otro sentido que no queremos examinar, ya no nos separamos como antes
de un orden establecido y funcionando, de Leonor y el Chango y las mancuspias en sus
sitios. Cerrar las puertas de la casa es dejar a solas un mundo sin legislación, librado a los
sucesos de la noche y el alba. Entramos temerosos y prolijos, demorando el momento,
incapaces de aplazarlo y por eso furtivos y esquivándonos, con toda la noche que espera
como un ojo.
Por suerte tenemos sueño, la insolación y el trabajo pueden más que una inquietud
incomunicada, nos vamos quedando dormidos sobre los restos fríos que masticamos
penosamente, los recortes de huevo frito y pan mojado en leche. Algo rasca otra vez en la
ventana del baño, en el techo parecen oírse corrimientos furtivos; no sopla viento, es noche
de luna llena y los gallos cantarían antes de medianoche, si tuviéramos gallos. Vamos a la
cama sin hablar, distribuyéndonos casi a tientas la última dosis del tratamiento. Con la luz
apagada --pero no está bien dicho, no hay luz apagada, simplemente falta la luz, la casa es
un fondo de tiniebla y por fuera todo luna llena-- queremos decirnos algo y es apenas un
preguntarse por mañana, por la forma de conseguir el alimento, llegar al pueblo. Y nos
dormimos. Una hora, no más, el hilo ceniciento que tira la ventana apenas se ha movido
hacia la cama. De pronto estamos sentados a oscuras, oyendo a oscuras porque se oye
mejor. Algo les pasa a las mancuspias, el rumor es ahora un clamoreo rabioso o aterrado, se
distingue el aullido afilado de las hembras y el ulular más bronco de los machos, se
interrumpen de pronto y por la casa se mueve como una ráfaga de silencio, entonces otra
vez el clamoreo crece contra la noche y la distancia. No pensamos en salir, demasiado es
estar oyéndolas, uno de nosotros duda si los alaridos son fuera o aquí porque hay momentos
en que nacen como desde dentro, y a lo largo de esa hora entramos en un cuadro Aconitttm
donde todo se confunde y nada es menos cierto que su contrario. Sí, las cefaleas vienen con
tal violencia que apenas se las puede describir. Sensación de desgarro, de quemazón en el
cerebro, en el cuero cabelludo, con miedo, con fiebre, con angustia. Plenitud y pesadez en
la frente, como si allí hubiera un peso que presionara hacia afuera: como si todo fuera


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