Julio Cortazar ¾ Bestiario


leche con vino blanco. Desconfiamos un poco del Chango, nos parece que se bebe el vino;
sería mejor guardar la bordalesa adentro, pero la casa es chica y luego ese olor dulzón que
rezuma en las horas del sol alto.
Tal vez esto que decimos fuera monótono e inútil si no estuviese cambiando
lentamente dentro de su repetición; en los últimos días --ahora que entramos en el periodo
crítico del destete-- uno de nosotros ha debido reconocer, con qué amargo asentimiento, el
avance de un cuadro Silica. Empieza en el momento mismo en que nos domina el sueño, es
un perder la estabilidad, un salto adentro, un vértigo que trepa por la columna vertebral
hacia el interior de la cabeza; como el mismo trepar reptante (no hay otra descripción) de
las pequeñas mancuspias por los postes de los corrales. Entonces, de repente, sobre el pozo
negro del sueño donde ya caíamos deliciosamente, somos ese poste duro y ácido al que
trepan jugando las mancuspias. Y es peor cerrando los ojos. Así se va el sueño, nadie
duerme con ojos abiertos, nos morimos de cansancio pero basta un leve abandono para
sentir el vértigo que repta, un vaivén en el cráneo, como si la cabeza estuviera llena de
cosas vivas que giran a su alrededor. Como mancuspias.
Y es tan ridículo, se ha probado que a los enfermos silica les falta sílice, arena. Y
nosotros aquí, rodeados de médanos, en un pequeño valle amenazado de médanos
inmensos, faltándonos arena cuando íbamos a dormirnos.
Contra la probabilidad de que esto avance, hemos preferido perder algún tiempo
dosificándonos severamente; advertimos a las doce horas que la reacción es favorable, y la
tarde de trabajo sucede sin obstáculos, apenas, quizá, un leve desacomodo de las cosas, de
pronto como si los objetos se pararan delante nuestro, irguiéndose sin moverse; una
sensación de arista viva en cada plano. Sospechamos un viraje a Dulcamara, pero no es
fácil estar seguros.
En el aire flotan leves las pelusas de las mancuspias adultas, después de la siesta
vamos con tijeras y unas bolsas de caucho al corral alambrado donde el Chango las reúne
para la esquila. Ya en febrero hace fresco de noche, las mancuspias necesitan el pelo
porque duermen estiradas y carecen de la protección que se dan a sí mismos los animales
que se ovillan replegando las patas. Sin embargo, pierden el pelo del lomo, pelechan
despacio y a pleno aire, el viento alza del corral una fina niebla de pelos que cosquillean en
la nariz y nos hostigan hasta dentro de la casa. Entonces reunimos a las mancuspias y les
tusamos el lomo a media altura, cuidando no privarlas de calor; cuando cae ese pelo,
demasiado corto para flotar en el aire, va formando un polvillo amarillento que Leonor
moja con la manguera y junta diariamente en una bola de pasta que se tira al pozo.
Uno de nosotros tiene entretanto que aparear los machos con las mancuspias
jóvenes, pesar los pichones mientras el Chango lee en voz alta los pesos del día anterior,
verificar el adelanto de cada mancuspia y apartar a las atrasadas para someterlas a la
sobrealimentación. Esto nos lleva hasta el anochecer; sólo falta la avena de la segunda
comida que Leonor reparte en un momento, y encerrar a las mancuspias madres mientras
las pequeñas chillan y se obstinan en seguir a su lado. Es el Chango quien se ocupa del
aparte, ya nosotros estamos en la veranda controlando. A las ocho se cierran las puertas y
ventanas; a las ocho nos quedamos solos adentro.
Antes era un momento dulce, el recuento de episodios y de esperanzas. Pero desde
que no nos sentimos bien parece como si esta hora fuese más pesada. Vanamente nos
engañamos con el arreglo del botiquín --es frecuente que el orden alfabético de los
remedios se altere por descuido--; siempre al final nos vamos quedando callados en la
mesa, leyendo el manual de Álvarez de Toledo (Estúdiate a ti mismo) o el de Humphreys


26

27