Julio Cortazar ¾ Bestiario


visión es la que gira, dentro de él la conciencia gira como un giróscopo en su aro, y afuera
todo está tremendamente inmóvil, sólo que huyendo e inasible. Hemos pensado si no será
más bien un cuadro de Phosphorus, porque además lo aterra el perfume de las flores (o el
de las mancuspias pequeñas, que huelen débilmente a lila) y coincide físicamente con el
cuadro fosfórico: es alto, delgado, anhela bebidas frías, helados y sal.
De noche no es tanto, nos ayudan la fatiga y el silencio --porque el rondar de las
mancuspias esconde dulcemente este silencio de la pampa-- y a veces dormimos hasta el
amanecer y nos despierta un esperanzado sentimiento de mejoría. Si uno de nosotros salta
de la cama antes que el otro, puede ocurrir con todo que asistamos consternados a la
repetición de un fenómeno Camphara monobromata, pues cree que marcha en una
dirección cuando en realidad lo está haciendo en la opuesta. Es terrible, vamos con toda
seguridad hacia el baño, y de improviso sentimos en la cara la piel desnuda del espejo alto.
Casi siempre lo tomamos a .broma, porque hay que pensar en el trabajo que espera y de
nada serviría desanimarnos tan pronto. Se buscan los glóbulos, se cumplen sin comentarios
ni desalientos las instrucciones del doctor Harbín. (Tal vez en secreto seamos un poco
Natrum muriaticum. Típicamente, un natrum llora, pero nadie debe observarlo. Es triste, es
reservado; le gusta la sal).
¿Quién puede pensar en tantas vanidades si la tarea espera en los corrales, en el
invernadero y en el tambo? Ya andan Leonor y el Chango alborotando fuera, y cuando
salimos con los termómetros y las bateas para el baño, los dos se precipitan al trabajo como
queriendo cansarse pronto, organizando su haraganeo de la tarde. Lo sabemos muy bien,
por eso nos alegra tener salud para cumplir nosotros mismos con cada cosa. Mientras no
pase de esto y no aparezcan las cefaleas, podemos seguir. Ahora es febrero, en mayo
estarán vendidas las mancuspias y nosotros a salvo por todo el invierno. Se puede continuar
todavía.
Las mancuspias nos entretienen mucho, en parte porque están llenas de sagacidad y
malevolencia, en parte porque su cría es un trabajo sutil, necesitado de una precisión
incesante y minuciosa. No tenemos por qué abundar, pero esto es un ejemplo: uno de nos-
otros saca las mancuspias madres de las jaulas de invernadero --son las 6.30 a.m.-- y las
reúne en el corral de pastos secos. Las deja retozar veinte minutos, mientras el otro retira
los pichones de las casillas numeradas donde cada uno tiene su historia clínica, verifica
rápidamente la temperatura rectal, devuelve a su casilla los que exceden los 37° C, y por
una manga de hojalata trae el resto a reunirse con sus madres para la lactancia. Tal vez sea
éste el momento más hermoso de la mañana, nos conmueve el alborozo de las pequeñas
mancuspias y sus madres, su rumoroso parloteo sostenido. Apoyados en la baranda del
corral olvidamos la figura del mediodía que se acerca, de la dura tarde inaplazable. Por
momentos tenemos un poco de miedo a mirar hacia el suelo del corral --un cuadro
Onosmodium marcadísimo--, pero pasa y la luz nos salva del síntoma complementario, de
la cefalea que se agrava con la oscuridad.
A las ocho es hora del baño, uno de nosotros va echando puñados de sales Krüschen
y afrecho en las bateas, la otra dirige al Chango que trae cubos de agua tibia. A las
mancuspias madres no les agrada el baño, hay que tomarlas con cuidado de las orejas y las
patas, sujetándolas como conejos, y sumergirlas muchas veces en la batea. Las mancuspias
se desesperan y erizan, eso es lo que queremos para que las sales penetren hasta la piel tan
delicada.
A Leonor le toca dar de comer a las madres, y lo hace muy bien; nunca vimos que
errara en la distribución de porciones. Se les da avena malteada, y dos veces por semana


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