Julio Cortazar ¾ Bestiario


Un aire verde y claro flotaba en el coche, vieron el rosa viejo del Museo, la nueva
Facultad de Derecho, y el 168 aceleró todavía más en Leandro N. Alem, como rabioso por
llegar. Dos veces lo detuvo algún policía de tráfico, y dos veces quiso el conductor tirarse
contra ellos; a la segunda, el guarda se le puso por delante negándose con rabia, como si le
doliera. Clara sentía subírsele las rodillas hasta el pecho, y las manos de su compañero la
desertaron bruscamente y se cubrieron de huesos salientes, de venas rígidas. Clara no había
visto jamás el paso viril de la mano al puño, contempló esos objetos macizos con una
humilde confianza casi perdida bajo el terror. Y hablaban todo el tiempo de los viajes, de
las colas que hay que hacer en Plaza de Mayo, de la grosería de la gente, de la paciencia.
Después callaron, mirando el paredón ferroviario, y su compañero sacó la billetera, la
estuvo revisando muy serio, temblándole un poco los dedos.
--Falta apenas --dijo clara, enderezándose--. Ya llegamos.
--Sí. Mire, cuando doble en Retiro, nos levantamos rápido para bajar.
--Bueno. Cuando esté al lado de la plaza.
--Eso es. La parada queda más acá de la torre de los Ingleses. Usted baja primero.
--Oh, es lo mismo.
--No, yo me quedaré atrás por cualquier cosa. Apenas doblemos yo me paro y le
doy paso. Usted tiene que levantarse rápido y bajar un escalón de la puerta; entonces yo me
pongo atrás.
--Bueno, gracias --dijo Clara mirándolo emocionada, y se concentraron en el plan,
estudiando la ubicación de sus piernas, los espacios a cubrir. Vieron que el 168 tendría paso
libre en la esquina de la plaza; temblándole los vidrios y a punto de embestir el cordón de la
plaza, tomó el viraje a toda carrera. El pasajero saltó del asiento hacia adelante, y detrás de
él pasó veloz Clara, tirándose escalón abajo mientras él se volvía y la ocultaba con su
cuerpo. Clara miraba la puerta, las tiras de goma negra y los rectángulos de sucio vidrio; no
quería ver otra cosa y temblaba horriblemente. Sintió en el pelo el jadeo de su compañero,
los arrojó a un lado la frenada brutal, y en el mismo momento en que la puerta se abría el
conductor corrió por el pasillo con las manos tendidas. Clara saltaba ya a la plaza, y cuando
se volvió su compañero saltaba también y la puerta bufó al cerrarse. Las gomas negras
apresaron una mano del conductor, sus dedos rígidos y blancos. Clara vio a través de las
ventanillas que el guarda se había echado sobre el volante para alcanzar la palanca que
cerraba la puerta.
Él la tomó del brazo y caminaron rápidamente por la plaza llena de chicos y
vendedores de helados. No se dijeron nada, pero temblaban como de felicidad y sin
mirarse. Clara se dejaba guiar, notando vagamente el césped, los canteros, oliendo un aire
de río que crecía de frente. El florista estaba a un lado de la plaza, y él fue a parase ante el
canasto montado en caballetes y eligió dos ramos de pensamientos. Alcanzó uno a Clara,
después le hizo tener los dos mientras sacaba la billetera y pagaba. Pero cuando siguieron
andando (él no volvió a tomarla del brazo) cada uno llevaba su ramo, cada uno iba con el
suyo y estaba contento.




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