Julio Cortazar ¾ Bestiario


Él la miró sorprendido, porque más bien sentía frío. El guarda los observaba de
reojo, hablando con el conductor; el 168 no había vuelto a detenerse después de la barrera y
daban ya la vuelta a Cánning y Santa Fe.
--Este asiento tiene ventanilla fija --dijo él--. Usted ve que es el único asiento del
coche que viene así, por la puerta de emergencia.
--Ah --dijo Clara.
--Nos podíamos pasar a otro.
--No, no. --Le apretó los dedos, deteniendo su movimiento de levantarse.--
Cuanto menos nos movamos mejor.
--Bueno, pero podríamos levantar la ventanilla de adelante.
--No, por favor no.
Él esperó, pensando que Clara iba a agregar algo, pero ella se hizo más pequeña en
el asiento. Ahora lo miraba de lleno para escapar a la atracción de allá adelante, de esa
cólera que les llegaba como un silencio o un calor. El pasajero puso la otra mano sobre la
rodilla de Clara, y ella acercó la suya y ambos se comunicaron oscuramente por los dedos,
por el tibio acariciarse de las palmas.
--A veces una es tan descuidada --dijo tímidamente Clara--. Cree que lleva todo,
y siempre olvida algo.
--Es que no sabíamos.
--Bueno, pero lo mismo. Me miraban, sobre todo esas chicas, y me sentí tan mal.
--Eran insoportables --protestó él--. ¿Usted vio cómo se habían puesto de acuerdo
para clavarnos los ojos?
--Al fin y al cabo el ramo era de crisantemos y dalias --dijo Clara--. Pero
presumían lo mismo.
--Porque los otros les daban alas --afirmó él con irritación--. El viejo de mi
asiento con sus claveles apelmazados, con esa cara de pájaro. A los que no vi bien fue a los
de atrás. ¿Usted cree que todos...?
--Todos --dijo Clara--. Los ví apenas había subido. Yo subí en Nogoyá y Avenida
San Martín, y casi en seguida me di vuelta y vi que todos, todos...
--Menos mal que se bajaron.
Pueyrredón, frenada en seco. Un policía moreno se habría en cruz acusándose de
algo en su alto quiosco. El conductor salió del asiento como deslizándose, el guarda quiso
sujetarlo de la manga, pero se soltó con violencia y vino por el pasillo, mirándolos
alternadamente, encogido y con los labios húmedos, parpadeando. "¡Ahí da paso!", gritó el
guarda con una voz rara. Diez bocinas ladraban en la cola del ómnibus, y el conductor
corrió afligido a su asiento. El guarda le habló al oído, dándose vuelta a cada momento para
mirarlos.
-- Si no estuviera usted... --murmuró Clara--. Yo creo que si no estuviera usted
me habría animado a bajarme.
-- Pero usted va a Retiro --dijo él, con alguna sorpresa.
-- Sí, tengo que hacer una visita. No importa, me hubiera bajado igual.
--Yo saqué boleto de quince --dijo él -- Hasta Retiro.
--Yo también. Lo malo es que si una se baja, después hasta que viene otro coche...
--Claro, y además a lo mejor está completo.
--A lo mejor. Se viaja tan mal, ahora. ¿Usted ha visto los subtes?
--Algo increíble. Cansa más el viaje que el empleo.



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