Julio Cortazar ¾ Bestiario


Clara. Al lado del conductor, el guarda se tenía ahora del barrote cromado y los miraba
profundamente. Ellos le devolvían la mirada, se estuvieron así hasta la curva de entrada a
Dorrego. Después Clara sintió que el muchacho posaba despacio una mano en la suya,
como aprovechando que no podían verlo desde adelante. Era una mano suave, muy tibia, y
ella no retiró la suya pero la fue moviendo despacio hasta llevarla más al extremo del
muslo, casi sobre la rodilla. Un viento de velocidad envolvía al ómnibus en plena marcha.
--Tanta gente --dijo él, casi sin vos--. Y de golpe se bajan todos.
--Llevaban flores a la Chacarita --dijo Clara--. Los sábados va mucha gente a los
cementerios.
--Sí, pero...
--Un poco raro era, sí. ¿Usted se fijó...?
--Sí --dijo él, casi cerrándole el paso--. Y a usted le pasó igual, me di cuenta.
--Es raro. Pero ahora ya no sube nadie.
El coche frenó brutalmente, barrera del Central Argentino. Se dejaron ir hacia
adelante, aliviados por el salto a una sorpresa, a un sacudón. El coche temblaba como un
cuerpo enorme.
--Yo voy a Retiro --dijo Clara.
--Yo también.
El guarda no se había movido, ahora hablaba iracundo con el conductor. Vieron (sin
querer reconocer que estaban atentos a la escena) cómo el conductor abandonaba su asiento
y venía por el pasillo hacia ellos, con el guarda copiándole los pasos. Clara notó que los dos
miraban al muchacho y que éste se ponía rígido, como reuniendo fuerzas; le temblaron las
piernas, el hombro que se apoyaba en el suyo. Entonces aulló horriblemente una
locomotora a toda carrera, un humo negro cubrió el sol. El fragor del rápido tapaba las
palabras que debía estar diciendo el conductor; a dos asientos del de ellos se detuvo,
agachándose como quien va a saltar. el guarda lo contuvo prendiéndole una mano en el
hombro, le señaló imperioso las barreras que ya se alzaban mientras el último vagón pasaba
con un estrépito de hierros. El conductor apretó los labios y se volvió corriendo a su puesto;
con un salto de rabia el 168 encaró las vías, la pendiente opuesta.
El muchacho aflojó el cuerpo y se dejó resbalar suavemente.
--Nunca me pasó una cosa así --dijo, como hablándose.
Clara quería llorar. Y el llanto esperaba ahí, disponible pero inútil. Sin siquiera
pensarlo tenía conciencia de que todo estaba bien, que viajaba en un 168 vacío aparte de
otro pasajero, y que toda protesta contra ese orden podía resolverse tirando de la campanilla
y descendiendo en la primera esquina. Pero todo estaba bien así; lo único que sobraba era la
idea de bajarse, de apartar esa mano que de nuevo había apretado la suya.
--Tengo miedo --dijo, sencillamente--. Si por lo menos me hubiera puesto unas
violetas en la blusa.
Él la miró, miró su blusa lisa.
--A mí a veces me gusta llevar un jazmín del país en la solapa --dijo--. Hoy salí
apurado y ni me fijé.
--Qué lástima. Pero en realidad nosotros vamos a Retiro.
--Seguro, vamos a Retiro.
Era un diálogo, un diálogo. Cuidar de él, alimentarlo.
--¿No se podría levantar un poco la ventanilla? Me ahogo aquí adentro.




21

22