Julio Cortazar ¾ Bestiario


crecía en Clara. Decirle: "Usted y yo sacamos boleto de quince", como si eso los acercara.
Tocarle el brazo, aconsejarle: "No se dé por aludido, son unos impertinentes, metidos ahí
detrás de las flores como zonzos." Le hubiera gustado que él viniera a sentarse a su lado,
pero el muchacho --en realidad era joven, aunque tenía marcas duras en la cara-- se había
dejado caer en el primer asiento libre que tuvo a su alcance. Con un gesto entre divertido y
azorado se empeñaba en devolver la mirada del guarda, de las dos chicas, de la señora con
los gladiolos; y ahora el señor de los claveles rojos tenía vuelta la cabeza hacia atrás y
miraba a Clara, la miraba inexpresivamente, con una blandura opaca y flotante de piedra
pómez. Clara le respondía obstinada, sintiéndose como hueca; le venían ganas de bajarse
(pero esa calle, a esa altura, y total por nada, por no tener un ramo); notó que el muchacho
parecía inquieto, miraba a un lado y al otro, después hacia atrás, y se quedaba sorprendido
al ver a los cuatro pasajeros del asiento posterior y al anciano del cuello duro con las
margaritas. Sus ojos pasaron por el rostro de Clara, deteniéndose un segundo en su boca, en
su mentón; de adelante tiraban las miradas del guarda y las dos chiquilinas, de la señora de
los gladiolos, hasta que el muchacho se dio vuelta para mirarlos como aflojando. Clara
midió su acoso de minutos antes por el que ahora inquietaba al pasajero. "Y el pobre con
las manos vacías", pensó absurdamente. Le encontraba algo de indefenso, solo con sus ojos
para parar aquel fuego frío cayéndole de todas partes.
Sin detenerse el 168 entró en las dos curvas que dan acceso a la explanada frente al
peristilo del cementerio. Las muchachitas vinieron por el pasillo y se instalaron en la puerta
de salida; detrás se alinearon las margaritas, los gladiolos, las calas. Atrás había un grupo
confuso y las flores olían para Clara, quietita en su ventanilla pero tan aliviada al ver
cuántos se bajaban, lo bien que se viajaría en el otro tramo. Los claveles negros aparecieron
en lo alto, el pasajero se había parado para dejar salir a los claveles negros, y quedó
ladeado, metido a medias en un asiento vacío delante del de Clara. Era un lindo muchacho
sencillo y franco, tal vez un dependiente de farmacia, o un tenedor de libros, o un
constructor. El ómnibus se detuvo suavemente, y la puerta hizo un bufido al abrirse. El
muchacho esperó a que bajara la gente para elegir a gusto un asiento, mientras Clara
participaba de su paciente espera y urgía con el deseo a los gladiolos y a las rosas para que
bajasen de una vez. Ya la puerta abierta y todos en fila, mirándola y mirando al pasajero,
sin bajar, mirándolos entre los ramos que se agitaban como si hubiera viento, un viento de
debajo de la tierra que moviera las raíces de las plantas y agitara en bloque los ramos.
Salieron las calas, los claveles rojos, los hombres de atrás con sus ramos, las dos chicas, el
viejo de las margaritas. Quedaron ellos dos solos y el 168 pareció de golpe más pequeño,
más gris, más bonito. Clara encontró bien y casi necesario que el pasajero se sentara a su
lado, aunque tenía todo el ómnibus para elegir. Él se sentó y los dos bajaron la cabeza y se
miraron las manos. Estaban ahí, eran simplemente manos; nada más.
--¡Chacarita!-- gritó el guarda.
Clara y el pasajero contestaron su urgida mirada con una simple fórmula: "Tenemos
boletos de quince." La pensaron tan sólo, y era suficiente.
La puerta seguía abierta. El guarda se les acercó.
--Chacarita --dijo, casi explicativamente.
El pasajero ni lo miraba, pero Clara le tuvo lástima.
--Voy a Retiro --dijo, y le mostró el boleto. Marca, marca boletero un boleto azul
o rosa. El conductor estaba casi salido del asiento, mirándolos; el guarda se volvió indeciso,
hizo una seña. Bufó la puerta trasera (nadie había subido adelante) y el 168 tomó velocidad
con bandazos coléricos, liviano y suelto en una carrera que puso plomo en el estómago de


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