Julio Cortazar ¾ Bestiario


ramo de margaritas componiendo un olor casi nauseabundo. En el fondo del ómnibus,
instalados en el largo asiento verde, todos los pasajeros miraron hacia Clara, parecían
criticar alguna cosa en Clara que sostuvo sus miradas con un esfuerzo creciente, sintiendo
que cada vez era más difícil, no por la coincidencia de los ojos en ella ni por los ramos que
llevaban los pasajeros; más bien porque había esperado un desenlace amable, una razón de
risa como tener un tizne en la nariz (pero no lo tenía); y sobre su comienzo de risa se
posaban helándola esas miradas atentas y continuas, como si los ramos la estuvieran
mirando.
Súbitamente inquieta, dejó resbalar un poco el cuerpo, fijó los ojos en el estropeado
respaldo delantero, examinando la palanca de la puerta de emergencia y su inscripción Para
abrir la puerta TIRE LA MANIJA hacia adentro y levántese, considerando las letras una a
una sin alcanzar a reunirlas en palabras. Lograba así una zona de seguridad, una tregua
donde pensar. Es natural que los pasajeros miren al que recién asciende, está bien que la
gente lleve ramos si va a Chacarita, y está casi bien que todos en el ómnibus tengan ramos.
Pasaban delante del hospital Alvear, y del lado de Clara se tendían los baldíos en cuyo
extremo lejano se levanta la Estrella, zona de charcos sucios, caballos amarillos con
pedazos de sogas colgándoles del pescuezo. A Clara le costaba apartarse de un paisaje que
el brillo duro del sol no alcanzaba a alegrar, y apenas si una vez y otra se atrevía a dirigir
una ojeada rápida al interior del coche. Rosas rojas y calas, más lejos gladiolos horribles,
como machucados y sucios, color rosa vieja con manchas lívidas. El señor de la tercera
ventanilla (la estaba mirando, ahora no, ahora de nuevo) llevaba claveles casi negros
apretados en una sola masa casi continua, como una piel rugosa. Las dos muchachitas de
nariz cruel que se sentaban adelante en uno de los asientos laterales, sostenían entre ambas
el ramo de los pobres, crisantemos y dalias, pero ellas no eran pobres, iban vestidas con
saquitos bien cortados, faldas tableadas, medias blancas tres cuartos, y miraban a Clara con
altanería. Quiso hacerles bajar los ojos, mocosas insolentes, pero eran cuatro pupilas fijas y
también el guarda, el señor de los claveles, el calor en la nuca por toda esa gente de atrás, el
viejo del cuello duro tan cerca, los jóvenes del asiento posterior, la Paternal: boletos de
Cuenca terminan.
Nadie bajaba. El hombre ascendió ágilmente, enfrentando al guarda que lo esperaba a
medio coche mirándole las manos. El hombre tenía veinte centavos en la derecha y con la
otra se alisaba el saco. Esperó, ajeno al escrutinio. "De quince", oyó Clara. Como ella: de
quince. Pero el guarda no cortaba el boleto, seguía mirando al hombre que al final se dio
cuenta y le hizo un gesto de impaciencia cordial: "Le dije de quince." Tomó el boleto y
esperó el vuelto. Antes de recibirlo, ya se había deslizado livianamente en un asiento vacío
al lado del señor de los claveles. El guarda le dio los cinco centavos, lo miró otro poco,
desde arriba, como si le examinara la cabeza; él ni se daba cuenta, absorto en la
contemplación de los negros claveles. El señor lo observaba, una o dos veces lo miró rápido
y el se puso a devolverle la mirada; los dos movían la cabeza casi a la vez, pero sin
provocación, nada más que mirándose. Clara seguía furiosa con las chicas de adelante, que
la miraban un rato largo y después al nuevo pasajero; hubo un momento, cuando el 168
empezaba su carrera pegado al paredón de Chacarita, en que todos los pasajeros estaban
mirando al hombre y también a Clara, sólo que ya no la miraban directamente porque les
interesaba más el recién llegado, pero era como si la incluyeran en su mirada, unieran a los
dos en la misma observación. Qué cosa estúpida esa gente, porque hasta las mocosas no
eran tan chicas, cada uno con su ramo y ocupaciones por delante, y portándose con esa
grosería. Le hubiera gustado prevenir al otro pasajero, una oscura fraternidad sin razones


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