Julio Cortazar ¾ Bestiario


revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final,
y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a Lavanda, en el fondo de un
pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del
orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones
donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pudee me encerré en el baño; matarlo
ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que
más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el
más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para
desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para
quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro.
Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre
generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad
que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche
nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo
golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar
que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal
y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una
noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me
llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su
honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero
al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez,
hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y
como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo
esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con
un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea,
Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de
pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que
ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran,
remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante
nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo
que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene
usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los
tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni
estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra,
a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una
parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el
sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose
detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra
cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome


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